turbulencias

Santiago Alba Rico: la ciudad intangible

 

"La Catástrofe es, sobre todo, el imperio del olvido".

Casi con esa frase empieza el libro "La ciudad intangible: ensayo sobre el fin del neolítico" de Santiago Alba Rico:

Va a denunciar esta especie de agobiante "reino del futuro" que parece hemos asentado en la Tierra. Reino del "empezar siempre desde cero", cada día, a veces demasiado atosigantemente.
Los griegos imaginaban el mundo con periódicas catástrofes, Platón comenta en el Critias que a ellas sólo sobreviven los duros nombres y los hombres "rudos", los únicos capaces de levantar de la nada una civilización. Cicerón se refiere a la caída de la monarquía como "hace sólo 400 años..." (!) Y Hesíodo decía que esas catástrofes se daban cada 9000 años...
Y dice Alba Rico que ahora, en el curso de una existencia humana, se dan 9000 "catástrofes" como esas, de ese tipo de cortes con el pasado... (Ver el texto más abajo sobre Roma y Cartago que habla de ello).
Un sacerdote egipcio reprocha a Solón -en el "Timeo" de Platón- que los griegos vivan en una permanente infancia, siempre sin costumbres ni antepasados, obligados a que otros se las recuerden. A nosotros nos pasaría lo mismo: "evacuamos nuestra experiencia en esa forma paradójica de memoria que se llama "archivo". Literalmente la "archivamos", con medios sin precedentes de registro y conservación, y la vamos dejando así en manos ajenas."
Dice que ahora somos "tan jóvenes" que hasta el acontecimiento de la caída del Muro es para nosotros algo archivado, casi mítico y que nos influye tanto como la caída de Constantinopla.

El futuro ha relevado al pasado como lugar de la identificación social, con imágenes de "novestros" (publicidad, robótica, cine) en vez de ancestros, "corta todos los días el contacto de los hombres con su pasado".
Pero ojo, no ha habido tampoco otra época donde fuera menos apropiado quizá el esperar un "apocalipsis".
El futuro es catastrófico porque produce el mismo efecto que los "incendios" y las "inundaciones" en la Antigüedad: nos obliga a empezar todos los días desde el principio.

"Deja muy pocos supervivientes y los suyos no son ya "iletrados" y "cerriles" capaces de construir sobre la tierra desnuda; esos supervivientes, energúmenos* de la memoria, verdaderos guardaespaldas de la tradición en los que se conjugan tres elementos hasta ahora separados (acción, contemplación, medios tecnológicos) constituyen la figura incusa, y la respuesta inducida, de nuestra civilización intangible, sin cuerpos y sin polis, y son también [...] peligrosos."

[...]

" frente a él [al futuro] toda nuestra libertad consiste -tal y como lo demuestran las polémicas al respecto y el tema de estas mismas páginas- en rechazarlo o aceptarlo en bloque".

* "poseídos por una arrebatada actividad".

Tres posibles relaciones para con las cosas: comer, usar y mirar

- Comer

"Compsumtibilia". Comer es perder las cosas de vista. Fijarse en que las "sobras" son como una prueba de esta impaciencia del "no se retienen delante de los ojos", el agobio que provoca la visión de "las sobras"...

El hambre está en guerra con la materia. Y la guerra dice que tiene mucho que ver con "las ganas de comer". El hambre no acaba nunca, tiene que empezar siempre de nuevo, el territorio del hambre es el estar sometido a las penas de la infinitud, que es exactamente lo contrario de la eternidad, mondas "condiciones", puros "medios", empezar siempre de cero... Los griegos a eso lo llamaban infierno.

Para Alba Rico es importante subrayar para la condición humana contemporánea el mito de Ericsitón, que tratará más adelante, este era un eterno hambriento, condenado a no poder saciarse y que se termina comiendo a sí mismo.

-Usar

Con el uso las cosas dejan de ser, de forma negociada, del dominio de la infinitud del hambre para ser "trabajo dejado atrás", olvidado, y que está delante de nosotros en la forma de "objeto". Con esas cosas se olvida ese dominio de las penas, el hambre, la Muerte, pero se olvidan "en la madera, [...] en la lana, la caña, la piedra...".

Pero también nos olvidamos de olvidar, las cosas "acabadas" también se acaban.

Usar las cosas es olvidarlas, no se nos presentan, y por cierto el lenguaje también lo usamos para olvidar. Cuando usamos un objeto ya no lo contemplamos, en el uso tampoco se le pasa a examen nada más que si acaso para cuidarlo, para usarlo lo mejor posible, aunque eso es un poco "pecaminoso" en esta sociedad que se supone que es de consumo y no de uso.

Una "sociedad de uso" -con útiles y nombres- es "normal", ha constituído la norma a lo largo de la Historia.

-Mirar

Las "mirabilia", dignas de ser miradas, lo contrario de comer es mirar. Maravillas.

Todas las culturas tienen culto, arte, objetos para sólo mirar, cosas "buenas para pensar" que decía Levi-Strauss, no sólo cosas "buenas para comer", alimentos del pensamiento. Sirven como medida de un mundo no dominado por el hombre sino por las relaciones entre los hombres y el "exterior", entre Naturaleza, (y dioses, y antepasados) y Cultura (sociedad y vivos, respectivamente).

Cosas para "simbolizar" por tanto, "simbolizar" que es esa facultad de reunir, juntar a los individuos -aislados en el estado de naturaleza -en griego, a esa operación de simbolizar subyace claramente la idea de "convergencia", "contrato".

En las sociedades es arbitraria la elección entre comida y símbolos, varía arbitrariamente lo que hay que mirar y respetar respecto a lo que se puede comer (unas respetan unos animales y otras otros distintos).

A estas "maravillas" se añaden ciertas palabras, cierto uso paradójico del lenguaje también, que parece recuperar las cosas para el espacio: precisamente porque de pronto, las cosas allí parecen, cosas que refuerzan la materialidad de las palabras, dice Marc Augé, que son las falsas etimologías... o por ejemplo cuando los extranjeros cometen errores (picapúa por capicúa)... o la "extrañeza" que causa una palabra extranjera y parecida a la vez, como "pietra", que puede hacernos sentir mejor la pesadez de las piedras... Ese es el misterio de la poesía, que no nombra cosas para olvidarlas, más bien las mira, las instala en el espacio al igual que lo están las catedrales, y nos comprometen, "despacio" (de espacio).

Ver se contrapone a juzgar como Comer lo hace con Mirar. Ver es ver de pasada, para mirar hay que pararse. Las palabras de la poesía miran el mundo, miradas que tocan, como las miradas a un cuerpo amado.

El mensaje de un mito mataco sobre el que se detiene dice que es simple: la existencia misma de la sociedad, con sus relaciones de parentesco, etc, está condicionada a la prohibición de ver cómo se consumen las cosas. "Consumir" de hecho, es un concepto originado sobre "destruir por el fuego".

"La paradoja de los mitos es que tratan de escenificar una estructura, de ejemplarizar una ley, intentan narrar la necesidad de un oscurecimiento en el que debería desaparecer toda narración, recuerdan sin parar la obligación del olvido."

El mito de Midas y el de Ericsitón se darían de una sola vez en el capitalismo: éste convierte incluso las cosas de comer en maravillas, las declara todas "sobrenaturales", en su envoltorio mercantil, y luego se come lo que previamente ha declarado incomestible.

"Esos mensajes de los mirabilia que no se dejan convertir ni a información ni a dinero ni probablemente siquiera a "razón" -porque son más bien, a veces, su condición- son los que constituyen, por paupérrima, penosa y sangrienta que se haya mostrado casi siempre, la dimensión social del hombre."

- "Condición humana"/"Condición indígena"

Lo que estudia la relación de aquel mundo de las cosas de usar y de mirar -los fungibles y las mirabilia- con el hombre, es la arqueología, la antropología, la historia... Esa "condición indígena" es la relación del hombre con ese mundo -quizá el "efecto hombre" que Liria comenta en otro libro. El mundo se opone al mundus. El mundus es el de la vida y la razón, que es la dimensión del futuro, y cuyas características son algo agobiantes: inestabilidad, infinitud, acabamiento. La relación entre el mundus y el hombre la llamará a su vez "condición humana", frente a la condición "indígena". El hombre integra ambas dimensiones pero estas no se ven entre sí, son incompatibles, el mundo es una pantalla ante el mundus, y para que funcione debe ser una pantalla digna, -la dignidad es el lugar del "juicio"-.

Dice que esta civilización es antimaterialista, anti-griega, aunque los detractores no lo entiendan así, y que se debe defender la condición indígena de la condición humana.

"La catástrofe cotidiana del futuro ha roto el precario equilibrio de un millón de años".

"La positividad que define la "condición indígena" del hombre presupone pues el reconocimiento implícito, en virtud de los principios mismos de la constitución social, de tres derechos fundamentales:

1. Derecho de no reflexionar.
2. Derecho a ignorar la desgracia del otro y a sobrevivir a aquellos a los que se está ligado por afecto o por contrato.
3. El derecho a pararse."

Advierte ahora que, claro, las sociedades son peligrosas si se reducen a estos derechos. "Ser cegado por un mundo mínimamente digno es lo propio de la condición indígena del hombre, y tiene sus peligros, copiosamente registrados por la antropología y la historiografía. No ver dignidad alguna en una "pantalla" es lo propio de la "condición humana" del hombre, movida siempre por la inquietud del infinito, la superación, el progreso"... por "el hambre". Los ritos bárbaros de la "condición indígena" son para proteger al mundo del mundus. Y para superar ese mundo, como "medio" en la economía o como "obstáculo" en la religión, se han producido también millones de víctimas, al mismo tiempo que se ha venido reduciendo y erosionando muy trágicamente la "dignidad" de nuestra "pantalla" en los dos últimos siglos.

(El primer capítulo acaba de una manera bastante clara, creo que ha bastado con lo que hemos puesto hasta aquí para entenderlo casi todo sobre el siguiente texto )

Los derechos humanos frente a los derechos de la "condición indígena". Un "caso"::

Un trozo grande del texto del libro reza así:

Y el libro continúa...

2.- Elogio de la cursilería. La epidemia de los cuerpos crudos.

Cosas que se "reconocen"

Podemos conocer un teorema, pero quizá sólo podemos reconocer cosas como "la elegancia". Hay cosas que se nos aparecen, que son sólo posiblemente capaces de reconocerse, no de conocerse: la macarrez, la cursilería. La divinidad forma parte de esta esfera del reconocimiento, revelaciones de la cultura podemos llamarlas, y cultura como sistema de revelaciones. Cosas que funcionan "enclasando", como inseparables de los signos corporales bajo los que aparecen, "técnicas idiosincrásicas de apropiación del cuerpo".

A través del cuerpo nos inscribimos en la cultura porque es lo 1º que hay que sacar de la Naturaleza hacia la Cultura, y no se lo saca de una vez, hay que estar sacándolo ininterrumpidamente, rehacer todos los días el camino. Ahí se decide su importancia como centro básico de operaciones culturales. Es el único punto material donde se cruzan lo público y lo privado, lo individual y lo colectivo, la naturaleza y la capacidad de transformarla. "El capitalismo es una fuerza poderosa y a la vez una cultura débil" (no hay más que ver nuestros cuerpos no usados pero descuartizados por los pupitres, las malas posturas, etc.).

"La cultura consiste básicamente en devolver, en estar devolviendo" (el cuerpo devuelto a la cultura cada mañana)

Ascetismo vs cursilería.

El despojamiento del ascetismo choca una y otra vez contra la imposibilidad de "lo crudo", quiere eludir todo lo cultural y lo que nos hace rechazar el ascetismo, a un "asceta", es ese resto de "voluntad" cultural que siempre ha de quedar, ya que su "movimiento", que proclama lo crudo, es un imposible, así como lo es el movimiento de un cursi.

La cursilería se quiere despojarse de lo crudo proclamando un no-cuerpo y fracasa en decir esa "su verdad", y es de ahí de donde deriva su "carga sexual"; en este caso puede repugnar, a veces lo que repugna es "la obscenidad", pues siempre "queda" algo "crudo", que resalta además muy especialmente.

Lo contrario de las dos cosas, de ascetismo y cursilería, es la ironía (eironeia: disimulo), que trata a la Naturaleza y a la Cultura por igual, en el nivel del lenguaje, como intrusos.

El asceta trata a su cuerpo como a un perro pero la cursi trata a su perrito como a un cuerpo, su cuerpo. El asceta se dedica a la domesticación y el perro de la cursi deja de ser un perro para convertirse en el propio cuerpo de la misma, desnudo a la vista de todos.

El efecto disney

Este es un pasaje muy divertido del libro, que así, mal resumido, queda muy feo, pero bueno.

Disney suprime el "recorrido cultural": del peluche al niño; y el "natural": del peluche al oso, metiendo a la cursilería como rasgo propio de la naturaleza. Disuelve los mecanismos de transición, "en el interior de una naturaleza artificial que suprime a la vez ambos polos".

"Y el niño verdadero, por cierto, el que contempla desde el asiento la película, acaba por convertirse en un oso metonímico; pero en la metonimia de un oso que se comporta como un niño; y eso que llamaré efecto disney y que debería tomarse muy en serio la psicología determina por igual tanto la existencia de padres que tratan a sus hijos como osos metonímicos, como de hijos que se comportan como osos que imitan a niños; es decir, como animalitos de Disney. Y este efecto disney configura hoy nuestro concepto de la infancia y de la pedagogía. Y digo que es mejor para un niño ver matar y despellejar a un conejo para luego comérselo guisado a la cazadora que ver a un conejo enseñar a patinar a un ciervo. Y digo que es también mejor para los conejos."

La perversión de Disney consiste en meter la cursilería como rasgo interno de la Naturaleza.

3.- El bambi tecnológico, combate del cuerpo contra el hombre

Es más peligroso tratar a los animales como hombres que a los hombres como animales (porque lo 1º suele conducir a lo 2º). Asímismo es peor tratar a las cosas como dioses que a los dioses como cosas.

En el mercado ver y comer se parecen muy explícitamente.

Al igual que Disney borraba aquellos recorridos, la mercancía borra el recorrido de la cosa al hombre que la hizo y de la cosa al hombre que la va a usar. Desaparecen, en el jeroglífico de la mercancía, tanto el usuario como el productor, es un jeroglífico y no un símbolo, no es un "lance" que recoge "lanzamientos" heterogéneos y remotos, de lo simbólico; se presenta como imagen autógena (eidos); no es un objeto -latín "obicere", emparentado con la idea de lanzamiento, "poner contra".

Las mercancías podemos verlas pero no tocarlas, como a Dios.

Y en este reino de la mercancía la Cultura, como en disney, desaparece, los signos devoran a los símbolos y extinguen desde dentro la civilización.

Bambi interrumpe las relaciones "hombres-naturaleza", la mercancía lo hace con las relaciones: hombre-cosas y hombres-hombres.

Pero ¿y estas las relaciones entre las cosas con cosas?

Son interrumpidas por la tecnología de la Comunicación.

Lo que tienen en común los adoradores de la Naturaleza y los de la Tecnología es una hiperdulía ("hiperservidumbre" compartida: el marco definidor del hombre queda al margen de la decision y la discusión.

"No puede haber una cultura tecnológica".

....etc.


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