turbulencias

Cuerpos


(Por Jaime Irigoyen. Tomado de internet: aquí)

"De ninguna manera [el CsO] es una noción, un concepto, más bien es una práctica, un conjunto de prácticas. El Cuerpo sin Órganos no hay quien lo consiga, no se puede conseguir, nunca se acaba de acceder a él, es un límite. Se dice: ¿qué es un CsO?" i


Posición
El género "literario" trabajo de filosofía adquiere casi siempre unas formas definidas fruto de la intersección dibujada entre las inclinaciones narrativas del estudiante, los personajes conceptuales que en el escenario armado de los contenidos de la asignatura se conciertan y, mencionémoslo casi de pasada, con rapidez y astucia, la idiosincrasia concretísima que imprimen el profesor y su estilo narrativo al medio en que deviene la asignatura. Así, en tal o cual intersección resultante será más o menos probable que aparezcan las formas comparación erudita, refrito cultista, tesina brillante, experimentación multimedia, confesión dialógica (en sus muchas variantes) o sesión de asesinato del padre; por mencionar únicamente los esquemas más frecuentados. Aún bajo esta nota de inspiración cínica, de un cinismo resabiado pero sin experiencia que marca a muchos de los embarrancados que se cuentan entre los de mi generación, sin dudarlo mucho asentaré desde un principio este escrito bajo el epígrafe confesión dialógica en su variante no conclusiva. I couldn't live in hope.

Confesión nada cómplice sino más bien traidora, disociada pero no arrepentida.

Mi boca desvela secretos que no buscan la amistad. ¿Es esto posible?¿De qué modo?¿Qué tipo de secretos? ¿Es entonces mi objetivo montar un juicio, un proceso, una sesión teatral en la que se intenta afianzar unos hechos definitivamente? Ningún juicio de Dios. Más bien se trata de exigir un interrogatorio autoimpuesto en mí por un agente exterior sin el que, sin embargo, mi estancia quedaría vacía -como en el relato de Cortázar la casa está tomadaii, pero en esta ocasión está tomada de antemano; no hay hermana con la que aliarse ni ventana por la que huir: yo soy esa casa. Provocar la intervención del proceso de juicio será el objetivo del interrogatorio, adquirir la fuerza del indicio, blandirla y descargarla para hacer comparecer su desarrollo y hacerlo hablar en mí, a mí, por mí. Médium de mí mismo, los secretos serán la materia de la confesión que un yo proyecta sobre un yo y que no busca la intimidad del amigo, el reconocimiento del amo o la lábil complicidad; ¿una apuesta por la comunicatividadiii entonces? Más bien la salida al atolladero de todo comienzo.


Tomo, de este modo confeso, la palabra. Escucho el espectral lamento de Jeff Bucley, que acabó sus días de crooner new wave en las aguas desesperadas del Mississipi, mientras no sé salir del atolladero fantasmal en el que me encuentro y no acabo de tener la sensación de que yo siga siendo yo. Eso sí, sigo sabiendo una cosa: no creo en el Cuerpo sin Órganos y, mucho menos, lo deseo. Pese a que mi identidad ha peligrado últimamente, sigo creyendo que es una mentira, que Artaud murió colonizado por la paresía y que el nacimiento del Cuerpo sin Órganos es una cuna de autorrepulsión provocada por la esquizofrenia en el delirio de una mente desmoronada. ¿Desde dónde digo esto? No confío en la palabra del Otro y, por ello, no coincido con las versiones del cuerpo gnóstico reformuladas en las versiones del cuerpo como sujetoiv que pueblan el imaginario contemporáneo, como tampoco coincido con Deleuze-Guattariv en su opinión de que Artaud se estrelló para legarnos un mapa de intensidad del CsO: efectivamente Artaud se estrelló, pero la figura que trazó en el firmamento de las letras nos resulta indescifrable; su legado sólo ha entregado dos posibilidades, a saber, la posibilidad de sumergirse en esa su obra obsesionante y emerger con los ojos rojos, capturado cierto ramillete selecto de sugerentes caoides, o la posibilidad de acogerse a una escuela de interpretación fundada por los submarinistas que hollaron esa región de caos. Podría, por poner un ejemplo al uso, si las proposiciones formuladas en Capitalismo y Esquizofrenia sobre el modelo Artaud me resultaran operativas en el sentido de la posibilidad de armar ciertos componentes para el esquizoanálisis, y decidiera hablar con la voz de la esquicie que hay efectivamente en mí, decir en ella: "Sí, soy más bien del tipo neurótico y, como tal, amo el código que en mi se encarna. Escupo, desprecio, azoto, lincho y relincho y me revuelvo en las pasiones tristes; soy un aprendiz de iman triplemente maledicente. Yo: cuerpo y mente capturados, sujetos, subjetivización personal del código, parásito de un cuerpo. Sí ese soy yo; nadie que atienda por CsO habla por mi boca, atiende mi teléfono móvil o responde mi correo electrónico. Mi pensamiento no es sortilegio mágico, una palabra que desliga; mi pensamiento es información codificada: bits, unos y ceros, materia. La rigidez de mis opiniones es proverbial: un proverbio para un solo creyente, para un solo fiel y para un solo devoto; no creo en el Cuerpo sin Órganos. Y este descreimiento no es una bravata, es la imposibilidad de librarme, de liberarme, de desarticularme, de designificarme y de desubjetivizarme. Soy un súper ratón a la inversa, el grado 100 del código. No puedo dejar de vestirme de negro. Soy una tribu urbana de un solo componente, mi multiplicidad es única, totalitaria; conmigo no vive nadie, soy el cuerpo lleno de marcas de algo exterior, alienígena pero intraterrestre. En mí y de mí yo aúllo que soy un fascista que sintetiza Dios, líder y pueblo en una unicidad vigilante que gravita sobre mi cabeza llena de interferencias temporales estructuradas anualmente. Werewolf. ¿Qué por qué me distancio en la primera persona poética? Porque soy así: distancia, discriminante, criterio, intermedio, sentencia. Mi único vicio es la identidad."

Y, sin embargo, aunque sería seductor afirmar y acogerse a ésta, la mejor de las posibilidades interpretativas, no me es posible y el parlamento anterior es únicamente un error de estilo, una ficción de la peor clase agravada por la excusa del esquizoanálisis, porque el plegamiento rendido sobre una interpretación no comprende sino que ideologiza. Tomar a Antonin Artaud como oscuro maestro en la búsqueda de la llave del Afuera o confundir a Deleuze-Guattari con un luminoso preceptor son graves errores que pueden llevar rápidamente a la fosa. El cuerpo sin Órganos no es una metáfora, una referencia culta, una autoridad con la que legitimar la falta de criterio, la conducta errante o la experimentación sin límite y, desde luego, la inmanencia no es, como se podría colegir gravemente, la ausencia de límites -la más peligrosa de las deducciones. Y es por ello que coincido especialmente con algunos extraños postulados de Deleuze-Guattarivi que, me atrevo a decir, llego a hacer míos de una manera que podría calificar de personal. Coincido especialmente en la invocación a la phronesisvii - prudencia, la virtud del que es moralmente juicioso, según Aristóteles, sabiduría práctica en su antiquísima acepción, sabiduría de la vida como prefirió Schopenhauer "No la sabiduría, sino la prudencia como dosis, como regla inmanente a la experimentación: inyecciones de prudencia"viii- y con las proposiciones contrapunteadas que dejan entrever una rara ética situacional en algunos capítulos de Mil Mesetas. En esos pasajes, cruces explícitos de retórica yonky, convicción filosófica inmanente y ecos estoicos se hace patente una advertencia, un método y una refutación de ciertos errores interpretativosix; un descenso continuo y necesario en los picos de intensidad de esa obra vertiginosa que es Mil Mesetas. ¿Y si tomáramos un camino semejante para hablar de la propia experiencia y desde ese lugar ensayáramos el interrogatorio y la respuesta que la hermenéutica de la confesión exige? Si, con Deleuze-Guattari, nos inyectáramos altas dosis de prudencia cada vez que habláramos del cuerpo y, aún, del CsO, tratando de aprender una ética de la situación y, prudentemente insolentes, resituáramos fragmentos sobre aquello que ya sabíamos sobre el cuerpo, sus prisiones, sus deslices y sus fugas tratándolo con irreverencia, estiráramos sus cabos hasta que rechinen, substituyendo los vínculos donde quiera que salten, allí donde el desgaste o la inadecuación nos cause un bloqueo o el fastidio más furioso, quizás así podríamos resituar o mejor, desterritorializar en una multiplicidad de lugares imposibilitando una reterritorialización multiplicada la experiencia propia, los secretos entregados en el plano del miedo, los dados aquí en confesión y las interpretaciones más contradictorias que surjan. ¿Cuerpo sin Órganos? En esa pirámide de palabras acumuladas surgen los fantasmas del cuerpo.


El cuerpo depurado de su potencialidad de desorganización es el primer problema ¿Qué es cuerpo? ¿Está el cuerpo ligado a la idea de forma como sostiene la escuela de Aristóteles? ¿Al concepto de extensión y a lo de que ello se deriva, esa constante disputa de la escolástica y el racionalismo? ¿Qué es potencia de un cuerpo? ¿Secreto del acero o secreto del cuerpo? ¿Cuerpo y sujeto? ¿Cuerpo individual y cuerpo colectivo? ¿Qué es eso de no saber lo que puede un cuerpo? Secretos. Acaso esta última cuestión, la más ahíta de malas digestiones de filosofía francesa, la más socavada en veladas de intercambio de cómoda ideología burbujeante, sea la que debamos examinar con insolencia y prudencia, disponiéndonos en cierto ficticio grado cero de lecturas y experiencias para tratar de rastrear el despliegue de su respuesta imposible. ¿Cuerpos? ¿Qué cuerpos? Este es el plano a acometer transversalmente en este trabajo. Lo que sigue no está dedicado exclusivamente a Artaud, al impoder o al Cuerpo sin Órganos, lo que sigue es una reflexión interesada, insolente y prudente a la vez (más constructivista de lo que yo mismo quisiera) dedicada a exponer una procesión de modelos del cuerpo que se amontona en el final, como si hubiera llegado en su desarrollo a un callejón sin salida.


I. El cuerpo tenebroso
Para Artaud el cuerpo es, a la vez, el obstáculo para alcanzar la libertad y el lugar en el que ésta debe aflorar; su concepción es clásica, aunque heterodoxa. Sin buscar padres allí donde no se encuentran y donde no hacen ninguna falta, la afirmación del cuerpo y la repulsión ante el cuerpo tuvieron sus primeros desarrolladores en el periodo de cruce de las tradiciones poético-filosóficas y profético-sapienciales, el momento crisol de la onto-teología en el que nace el gnosticismo.

Deseo por trascender el cuerpo y necesidad de redimirlo ¿Acaso hay un tema más gnóstico? Quizás deberíamos remontarnos a los ofitas y a Voegelin para rastrear con más rigurosidad esta afirmación, sin embargo, insolentemente nos quedaremos con lo explicativo que contiene esta tesis para ensayar una toma de postura.

Las medidas y experiencias extremas de salvación del cuerpo -de redención y trascendencia de la carne en la nueva carne construida- como son el encratismo, la auto castración, la abstinencia, el ayuno, la meditación o el mutismo evocan las etapas de construcción de un Cuerpo sin Órganos planteadas en el Pesa nervios o en Para acabar con el juicio de Dios en los que la fantasía o proyecto de un cuerpo purificado de la corrupción de la materia, de un cuerpo devuelto a la inteligencia, reespiritualizado, desmecanizado, absuelto del cerebro reptiliano y de la automatización de sus movimientos, un cuerpo dotado de una voluntad racional en todas sus dimensiones, expurgado y liberado de la máquina y del maquinismo podría devolver una racionalidad unificada a sí mismo y al mundo a la manera de la unidad platónica verdad-bien-belleza. Una reintegración de lo partido. Tal transformación, en su escala colectiva, deberá alcanzarse siguiendo un modelo alquímicox. Semejante a la puesta en escena del rito místico de la transubstanciación cristiana, que confirma la pertenencia a la iglesia y reafirma la fe en el misterio cristológico por el acto de la ingesta material del cuerpo, Artaud postula un espacio social alquímico que actúe sobre la mente y el cuerpo a través de un proceso de gnosis, de conocimiento o reconocimiento de la verdad: el teatro de la crueldad. Como en la procesión de los símbolos alquímicos en el grimorio del mago, el teatro describirá los estados filosóficos de la materiaxi e intentará transformarlos mediante la obra total; el teatro de la crueldad deberá crear así

un cuerpo social -e individual en cada caso- redimido de la materia y de sus órganos: será un espacio alquímico que actuará sobre cuerpo y espíritu creando el milagro del Cuerpo sin Órganos. El lenguaje, pensamiento corpóreo, pensamiento hecho materia, está también corrompido. Se debe ir más allá, destruir los códigos y significados y crear un lenguaje basado en la pureza integral, sin sistema previo, intuitiva e inmediatamente creado para la expresión del pensamiento, portador de ideas, más aún, idea pura, sonido de una idea. Este lenguaje devendrá mágicamente un lenguaje divino capaz de trascender los límites y formas de la materia: será el lenguaje de la creación y de la recreación.

La cota Artaud ha sido respetada. Hasta aquí mi interpretación del Cuerpo sin Órganos, no demasiado heterodoxa, irrespetuosa ni, lo reconozco, original.

II. El cuerpo sujeto político
Con la playa terminal a la que condujo la derrota del ciclo de luchas de los años sesenta y setenta llegó también un nuevo tipo de blanquismo, de revolución por la insurrección. La revolución del insurrecto Yo interior, brillante y escondido como un dorado Sí mismo. Esta instancia psíquica, definida a partir de los años setenta con el rasgo distintivo del genio romántico, intangible condecoración invisible que galardona al sujeto con personalidad, en realidad no era más que una manifestación del horror, pues el sí mismo, es un territorio bastardoxii pero vacío; ese lugar previo a la personalidad, secante a la conciencia e interseccionado con el deseo constituye, en rigor, la definición clásica del estado de neurosis: la imposibilidad de vivir sanamente con una identidad mínimamente definida. Los naufragios de las biografías de aquellos inútilmente empeñados en mágicos viajes iniciáticos a la interioridad dibujaron la escena del embarrancamiento total de una generación.

De este desastre sólo sobrevivió durante los años ochenta, como forma viable de propuesta de exploración, de exploración con resultados estabilizadores y realimentadotes de este reducto ideológico, una nueva forma bastarda del sí mismo, la que lo identifica con el cuerpo, con la manifestación extensa del sujeto. Esto es lo que se designa con el nominativo la persona humana, el cuerpo como identidad fijada de un sí mismo, de una interioridad imposibiltada como reserva de fuerzas por la misma fuerza de las cosas que la rodean, la somenten y la configuran, y cuya historia, su intimidad, ghetto de la vida del yo, paisaje narrado de una historia que se hace presente continuo en su repetición diaria, confesión mentirosa de una máscara, mascarada confesa que tejen las mentiras, es rastreable, acotable y localizable en el territorio de la extensión del cuerpo. El límite entre el cuerpo y el espíritu se borró para siempre en la personificación extensa del sí mismo. El cuerpo personificado como simulacro de la reintegración y realización utópica del desintegrado sujeto.

Es cierto que oriente, con sus peculiares religiones y filosofías de la desfundamentación del principio por las instancias equilibrantes del dinamismo, sirvió de buen material para el nuevo imaginario, pero no todo oriente. Japón, por ejemploxiii, tradicionalmente nunca sintió reverencia por el cuerpo y ni siquiera trató el tema como algo específico; el cuerpo del artista marcial japonés es algo secundario, es el contenido necesario de la figura de la gracia que se halla cubierto por los pliegues del kimono, una prenda que remite tanto al traje del habitante del hogar como a la disposición elegante del sudario, para el artista de la guerra, el cuerpo es sólo el vínculo entre un espíritu sereno y una areté marcial. Su cuerpo es totalmente desconocido para nosotros, ninguna manifestación gráfica ni ningún discurso exclusivo nos ha quedado de él.

Pero, en definitiva ¿Qué puede un cuerpo? En concreto ¿Qué puede el cuerpo postmoderno? Pasándome de insolente y escondida la jeringuilla de la prudencia por una vez, propongo huir de la misterificación spinozista del cuerpo, radicada en la tesis malabar del paralelismo, para pasar a una serie de consideraciones más contemporánea y nihilistas.

La moderna ciencia de la ergonomía biológica, dedicada al examen medicalizado de la capacidad muscular y ósea humana, ha puesto fecha conclusiva a sus capacidades y, por tanto, ha definido con anticipación la potencia cuantificada del cuerpo; a menos que la fuerza de gravedad del planeta se modifique a la baja, el año 2016 es potencialmente el límite para que lo humano alcance su desarrollo corporal máximo sin perjuicio a una vida considerada plena. ¿Qué necesidad hay entonces de mostrar hasta la saciedad repetitivas pruebas de fuerza y agilidad corporal en los medios masivos de producción cultural si el fin ya ha sido fijado? El esquema iterativo de las narraciones, la necesidad de volver continuamente sobre los mitos del momento, nos proporciona pistas para desvelar este enigma. A cada época sus mitos, a cada régimen sus mitos retornantes conjuradores del vacío; en la era del vacío vuelve, obsesionante, la única certeza del narcisismo más solipsista: el cuerpo. Sumidos en el nuevo orden del fascismo postmoderno el cuerpo adquiere su demostrativo "este cuerpo", un modo de su presencializarse como reserva estética de fuerza equivalente en las formas divergentes en las que se expresa.

Fascismo, la vieja nomenclatura para expresar la fuerza de la fuerza en la unidad: una rama de laurel puede romperse, el haz no. Bajo esta premisa general se ampara, sin matices, la definición de cualquier forma de fascismo, aún el postmoderno. Aunque las montañas de cadáveres y los ceremoniales de masas cadaverizadas muestren para siempre el resultado y la clausura del experimento fascista clásico: cuerpo-uniforme. ¿Es posible una nueva forma de fascismo? ¿Un fascismo postmoderno? Y si así fuera ¿Qué calidad le añadiría la nueva valencia? La lección bien aprendida de la relectura madura de la postmodernidad: unidad pese al fragmento; unidad de los máximamente diferentes en la fiesta de la afectividad personal colectiva a partir de lo más común, la expresión tatuada de vida cotidiana en el sí mismo más privado, un cuerpo. Los ejemplos más espectaculares de este fenómeno político nos quedan particularmente próximos; estampas impresas con horror en la retina: miles de sombras de carne que se postran en un rezo vacío ante la cámara que los recoge en una boda numérica del métrico al píxel, de centímetros a bits; modelos voluntarios que gritan no nos mires, únete; manifestantes amateurs que posan en el esquema gigantesco del símbolo de la paz: récords de participación ciudadana que se (a)baten con las sucesivas oleadas de cuerpos. Manifestaciones y paisajismo corporal que se complementan como representaciones inclusivas de la cadena de la movilización total. Un recorrido de equivalencia técnica de la diferencia que celebra la consagración de una realidad que ya sólo es transposición de informaciones sobre un plan estrategizado que es la misma guerra que el Estado Guerra despliega como fuerza militar en otros conocidos territorios. Displays de batalla.

Con ocasión de los juegos de policías y bomberos celebrados en julio de 2003 en la ciudad de Barcelona, la competición sonriente de los cuerpos, encarnados en los cuerpos especializados -rivales pero solidarios- de combate contra el caos social y contra la imprevisibilidad física, cuerpo de policía y de bomberos respectivamente, confirmó, al mismo tiempo que inoculaba como plusvalía el adherente clásico del cuerpo-uniforme fascista, esta ideología de la unidad pese al fragmento: "creo en la raza superior que es mi cuerpo"xiv.

Como apunte final sobre el ascenso del fascismo postmoderno, señalar que incluso el punk, la subcultura más agresiva que ha destilado ese basural llamado siglo XX, que en su inicio hizo de la furia y el feísmo la negación-reinvención constante de las identidades desafiantes en torno a las expresiones I'm Nobody (no soy nadie), No Future (no hay futuro) I'm a Mess (soy el caos) y I'm a Cliché (soy un cliché) ha acabado contaminándose en sus desarrollos más honestos, innovadores y puristas de este fascismo del cuerpo propio como raza superior. A partir de mediados los noventa, el movimiento Straight Edgexv hace de la salud, el culto al deporte, el veganismo y el rechazo a las drogas, el alcohol y el sexo su frente de lucha política y su bandera de provocación simbólica. En los siempre excesivos EEUU se tiene constancia ampliamente documentada de numerosas razzias al estilo de los camisas negras que elementos radicalizados de estas subculturas han efectuado en centros sociales poco rectos o sobre individuos o grupos no íntegros -entre las razones de tipificación de impureza figurarían el uso de prendas de cuero o el simple hecho de fumar tabaco. Sin duda un apunte excesivo, pero algo sugiere que, junto a los hooligans de la ciudad de Barcelona, las escuadras vuelven a corretear por el imaginario.

III. El cuerpo remontado (montaje)

"La impotencia es una mano que desaparece"xvi

Herencia de la ideología de la nueva carne pero testigo de las nuevas posibilidades reales, materiales, de mutación de los miembros, de la perspectiva y de la encardinación que pueden suponer ciertos avances en materia tecnológicaxvii, un nuevo desarrollo ha venido a ocupar el campo de la reflexión en torno al cuerpo en los últimos años: las teorías del cuerpo remontado. Estas teorías tienen en común el remontar en sus dos acepciones más claras: la que atiende a las ideas de cierta liberación de los límites materiales a partir de condiciones materiales -el cuerpo remonta su existencia caída en el marasmo al que los límites que la existencia en un entorno industrializado le confinaban- y la que expresa la idea de dislocación, redisposición y reciclaje (vuelta al ciclo de las piezas con una función distinta) de los elementos y relaciones entre elementos del sistema corporal. En esta definición de mínimos encontramos un abanico de corpus próximos: desde el constructivismo de ciertos pasajes de Deleuze-Guattari a las teorías norteamaricanasxviii Queer herederas del postestructuralismo pasando por la crítica homosexual y las experiencias artísticas radicales, la capilaridad del estudio sobre el transgénero y el cyborgismo o cyborgfeminismo.

Aunque mucho de lo reflexionado en materia de cuerpo remontado se limite a ser mero sontagismoxix cyber-reciclado, las propuestas sobre el cyborg resultan muy sugerentes. No nos detendremos en ellas salvo para, insolentemente, señalar la presencia oscura de la locura y de los fascios en sus desarrollos más corporativistas y menos autocríticos. Aunque al neo constructivimo de la academia Haraway cabría oponer una objeción más seria y menos agorera, que aquí me limito a esbozar. La cadena de la producción se une a veces por sus puntos más extremos. Reciclar no es recomponer, no es reaprovechar, no es sólo reutilizar, y no se detiene en la extendida técnica punk de cortar y pegar; reciclar es volver a poner en funcionamiento componentes desechados en una disposición que remite a su pasado como cita, como símbolo, como pieza de la tradición o como cualquier forma combinatoria posible entre estas remitencias de sentido. Inopinadamente, en el reciclaje la presencia evocada del pasado no radica en los pequeños detalles, las imperfecciones, las irregularidades, las diminutas fibras emergentes, éstos son justamente los índices que remiten a la existencia de un contexto nuevo: el pasado retorna en el siempre lo mismo del funcionamiento en el que se insertan.

El cuerpo redestruído. Sobre Fight Clubxx
Contrapuesta a las ideologías de la trascendencia del cuerpo creemos encontrar rastros de otra propuesta en algunos apuntes de la cultura popular, en concreto, tanto en la novela Fight Club como en su versión fílmica homónima, así como en toda la producción de su autor, Chuck Palahniuk. En este proyecto no encontramos ni autorepulsión gnóstica, ni epifanías del cuerpo como sujeto político ni laboriosas teorías constructivistas.

"Tal vez la autosuperación no es la respuesta, tal vez la autodestrucción sea la respuesta"xxi

Aunque se podría decir, retomando la interpretación ideológica, esta vez ya no lacanianaxxii sino guattadeleuziana: Tyler Durden no es sólo una figura edípica, un fantasma libidinal del padre nómada invocado por la inadaptación extrema y psicótica de Jack -en suma, un superhéroe del inconsciente- sino que, por el contrario, fundamentalmente es el anomal dentro de un cuerpo lleno y múltiple en lucha contra la estratificación del Juicio de Dios. Así, Tyler es capaz de desarticular el cuerpo de su huésped -que pierde sus órganos junto con el miedo que borran los golpes- de resignificar la vida conforme a las reglas del club de la lucha y de desubjetivizar el yo, sin precipitar el agujero negro de la locura, mediante su existencia separada. "Pues el CsO es todo eso: necesariamente un Lugar, necesariamente un Plan, necesariamente un Colectivo": Club de la Lucha, Retorno de Lo Salvaje, Monos Espaciales. La teoría del cuerpo que encontramos en Fight Club es secundaria pese a la presencia constante del mismo. En esta obra hay una novedad, un nuevo giro, el cuerpo no es el misterio, lo mutable que debe devenir, el lugar de la reserva de fuerzas; simplemente es el código mismo que, como juego de diferencias, debe ser sobrecodificado respecto del código concreto de la sociedad y la cultura capitalista: el dinero y su lógica de miedo,

"No importa cuánto dinero tengas en el banco

No eres tu trabajo

No eres tu familia

Y no eres quien dices que eres

No eres tu nombre

No eres tus problemas

No eres tu edad

No eres tus esperanzas

No te salvarás"xxiii

En Fight Club la posibilidad de creación del Cuerpo sin Órganos parece desterritorializarse de la posibilidad misma de su creación, de la mínima idea inherente de creación, para reterritorializarse en otro cuerpo, un cuerpo secundario, menor, aplastado por el miedo, un cuerpo de oficinista, de fotocopista, de barman de tugurio, de camarero de Starbucks, de vigilante de seguridad: el cuerpo del hombre anónimo. Pero este hombre anónimo no será, quizás porque se trate de una ficción, el que ponga su Yo vivo en el centro de su existencia sino más bien el que es capaz de reconocer, con desespero absoluto y pese a todas las ilusiones que parten del sí mismo y del íntimo, su Yo vivo-muerto. El trayecto de los héroes de Fight Club será pues el de los muertos vivientes. El de los que en la noche permanecen despiertos como una muda amenaza, como posibilidad remota de lo peor -ese fanal rojo que brilla en el cementerio- concentrando la potencia de esos músculos que exhalan ya un olor a ciprés para la galvánica descarga final "Una explosión de la finitud para acabar con la propia finitud"xxiv. Acabar de morir. Pero a semejante certeza sólo se llega a través de una revelación que no pasa por la conciencia -no se trata así de una toma de conciencia, pues en este desierto concéntrico, concentracionario, no hay espacio ni oxígeno para juicio moral alguno- o por la apercepción del querer vivir sino por la primera autopresencia del cuerpo muerto como lo más inmediato del vivir allí, en aquél escenario en el que todos nos reconocemos y aquello en lo que todos nos unimos a todos en soledad, la identidad común del estar irremediablemente solos mirando la pared de la colmena.

El trayecto de Fight Club es el de los que pierden el miedo -miedo a tocar fondo, miedo a vivir sin esperanza, miedo a la noche, a la oscuridad, a la muerte, al dolor, al fracaso, a la exclusión- a través del reconocimiento, desde la inmediatez de la propia muerte en vida experimentada en lo privado del anonimato, de la fragilidad del cuerpo y de la imposibilidad de reconstruirlo una vez dañado, las cicatrices serán el recordatorio del límite que es el cuerpo sin órganos, el cuerpo macilento del vivo muerto deviene así un nuevo código de heridas restañadas indeleblemente, sembrado a fuego, que es clausura canceladora de todo horizonte más allá del infierno del cuerpo.

"El que yo soy en el club de la lucha no es nadie que mi jefe conozca.

Después de una noche en el club de la lucha, se baja el volumen del mundo real. Nada conseguirá asustarte." xxv

Ningún sadomasoquismo en esto. El cuerpo no será lo cerrado a trascender, a devenir, a descodificar mediante la cerrazón superlativa o el acto de sajar la carne. Como decía Lacan, el hombre olvida el significante, pero el significante no le olvida a él, esta lección, olvidada o desconocida para las teorías del cuerpo expuestas más arriba, es, sin embargo, condición de posibilidad del proyecto de Fight Club; a la muchas veces banal desconstrucción del código postulada por las apuestas prácticas, ético-políticas del postestructuralismo, se opone la profundización del mismo: si el balance que traza la diferencia del código del miedo que rige la existencia contemporánea en sociedad implica una lógica de miedo, y de miedo a la muerte como lo peor, como su última ratio, la muerte será lo que se deba exacerbar, experimentar y realizar en lo efectivo, en vida, en el Yo vivo para alcanzar el fondo, el fin del vaivén, de la esperanza y del rescate.

"El desastre es una parte natural de mi evolución hacia la tragedia y la disolución. Estoy rompiendo las ataduras a la fuerza física y las posesiones terrenas ya que sólo mediante la autodestrucción llegaré a descubrir el poder superior del espíritu. El redentor que destruya mis propiedades estará luchando por salvar mi espíritu. El maestro que logre apartar las posesiones de mi camino me liberará"xxvi

La desposesión será el paso preliminar y perder el miedo a través de la experiencia de lo peor, el dolor atroz umbral de la peor de las muertes, el siguiente paso para convertirse en muerto viviente -el vacío es la sombra de tu cuerpo proyectada por cicatrices- pero aquí no se detiene el sueño de ojos abiertos de los que combaten en los sótanos. La muerte en vida, "Creed en mí y moriréis para siempre, siempre preparados para evacuar el alma"xxvii exige de los muertos la potencia que el vacío imprime sobre la realidad, la capacidad de exudar lo peor, de contagiar el estado de muerte "Deseaba que el mundo entero tocara fondo"xxviii "Igual que el Club de la Lucha hace con oficinistas y leguleyos, el Proyecto Estragos destruirá la Civilización"xxix.

Si en su autoafirmación absoluta como política de la voluntad el fascismo clásico -trágico, fatal- quiso acabar con la historia entendida como desarrollo desde el silogismo nihilista que deduce la imposibilidad de detener la historia a menos que se destruya el mundo, la tipificación de mera realia nazi vertida sobre Fight Club no se sostiene. En Fight Club no encontramos una afirmación absoluta y psicótica de la voluntad sino un enfrentamiento con el miedo que impone un régimen de administración de la vida, un enfrentamiento a través del cuerpo, poniendo el cuerpo, no como desafío frente a sino, en un principio, en adiestramientoxxx, como prueba dolorífera de la muerte que supone la experiencia del Yo vivo. En el golpe, en la pelea "En ningún sitio te sientes tan vivo como en el club de la lucha"xxxi el club, los que a él pertenecen en cada caso, forjan su comunidadxxxii de aprendizaje de la aceleración y rotura del miedo a través de la exasperación del cuerpo-dolor. A la vez sufriente y golpeador, el cuerpo que aprende la máxima intensidad de la experiencia de la muerte en vida no trasciende a otro cuerpo, redimida ya la carne, o deviene otro, descodificado el dispositivo, sino que se hace presente como cuerpo ante sí mismo en el poder negativo de su carne mancillada, de sus músculos lastimados, de sus fibras lesionadas. En el club de la lucha el círculo de la mutaxxxiii es la forma en la que se celebra el encuentro de los cuerpos muertos consigo mismos, el contrincante es un reflejo, el club es un espejo, el yermo que los rodea es la oscuridad de la fosa más allá de la penumbra que abre una bombilla suspendida en el centro del círculo. Pero invocar a la muerte mediante el cuerpo y en el cuerpo no se limita a un rito tanático a la manera fascista clásica, en la que el pueblo cree exorcizar los poderes que lo reducen a títere de la máquina bélica capitalista mediante fúnebres ceremonias de cadáveres desfilantes, invocar la muerte significa experimentar la muerte, la del enemigo pero también la propia, no consintiendo una como posibilidad lógica de la otra en la matriz infinita del odio sino conteniéndolas a la vez en la presencia del cuerpo mutuo Qui gladio ferit, gladio perit. En el Club de la lucha al enemigo se lo acepta en el sí y se lo combate. El odio es sólo para el némesis y para el adversario; reyerta de marionetas, leña de discordias. Pero en esa autopresencia el muerto viviente todavía se halla en los confines del grupo, del contrincante, de la muta, y en ella hay un peligro: que la experiencia del fondo, -del final del nihilismo vivido, experimentado- se torne cultual, religiosa como la devoción al misterio del toro de Mitra para los jóvenes tribunos romanos, una secta mística erigida sobre la hermandad en la experiencia extrema del combate, el dolor y la sangre. Es decir, de nuevo el cuerpo como trascendencia, esta vez retornado como espíritu de cuerpo.

"Ojalá nunca llegue a realizarme

Ojalá nunca me sienta satisfecho

Ojalá nunca llegue a sentirme perfecto"xxxiv


Este peligro es exorcizado con la creación del Proyecto Estragos. En él, todos pierden su nombre, su individualidad como cuerpo, su hermandad, la misma comunidad para someterse a la desposesión total del yo que aún yace en el cuerpo; el uniforme negro es la mortaja; la cabeza rapada es la tonsura de vacío que borra el rostro; el futuro son trescientos dólares en el bolsillo, el coste del entierro más barato. Cuerpos sin utopía, sin la esperanza de una reserva de historia personal rastreable en los rasgos del cuerpo. Cuerpos sin creencia, sin superioridad, cuerpos más allá del miedo, muertos vivientes, radicalmente matéricos, pura función, ejército: monos espaciales lanzados al vacío.

Que se llegue o no a la destrucción de la civilización, a la vuelta atrás de la historiaxxxv, es indiferente (de hecho en el libro no se logra). Lo relevante es la nueva presencia de cuerpos que han sabido volver a no saber lo que puede un cuerpo experimentando justamente lo que no puede, prescindir del límite encarnado en el miedo aceptándolo y muriendo a la nueva presencia.

NOTAS

i Mil mesetas p. 156

ii Se trata del relato de Julio Cortázar Casa tomada incluido en la Antología de la literatura fantástica (Edhasa, 1996) pp. 122-126, seleccionada por Jorge Luís Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo

iii A estas alturas la apropiación de la impropiedad se muestra tan impracticable como la reapropiación de lo propio que propone el psicoanálisis.

iv Conceptos a los que me referiré detenidamente más abajo

v Trataré en este escrito el tándem Gilles Deleuze, Felix Guattari como mónada narradora; por cierto que su filosofía de cadáver exquisito ha desmenuzado el cerebro y la gramática de demasiados fieles como para seguir abrazando sus nombres con el cariño dedicado antaño.

vi Esos fragmentos que en ocasiones se confunden con la expresión de costumbres personales de abstemia moralizante.

vii Entre ellas las más explícitamente formuladas en ¿Cómo construirse un cuerpo sin órganos?, Micropolítica y segmentariedad y Devenir-intenso, devenir-animal, devenir-imperceptible.

viii Mil Mesetas p. 157

ix No me agarro a un clavo ardiendo, la obra vuelve continuamente sobre ese pliegue.

x Transmutar la materia hacia un estado del ser más elevado, espiritual.

xi Una de las características gnósticas de la alquimia es la intolerancia ante el dogma del misterio insondable de la continuidad de los accidentes en el proceso de transubstanciación.

xii En lo bastardo la filiación de lo resultante se conoce o, cuanto menos, no resulta difícil establecer sus orígenes componentes. Es una diferencia sin nombre que, sin embargo, no resulta indistinta, ha pasado por un momento genético que es lo ya sabido y por ello es una repetición del pasado, una mezcla fijada en una cristalización concreta. Del bastardo todo se sabe, y todo lo resultante se reconoce.

xiii Y con este país todos los de la esfera cultural mayoritariamente budista.

xiv Just Do It (Sólo hazlo), el oneliner de Nike recuerda inquietantemente a la ideología de la pura acción del fascismo clásico La palabra del fascista es acción, reza el título de un citado discurso del Duce; por otra parte, la marca toma su nombre de la diosa griega de la victoria.

xv Literalmente Filo -o camino- Recto. Nacido en los años noventa en California y heredero directo de la deriva hardcore que experimentó el punk en la costa oeste de EEUU. El hardcore, o núcleo duro, es una variedad del punk de los setenta acelerado en su ritmo y de contenidos temáticos ampliamente variables que giran entorno al aislamiento, la incomunicación y la denuncia de la exclusión y la falta de oportunidades de la juventud. La banda Bad Religión -Mala Religión- sería su más claro exponente y su tema White Trash Second Generation (literalmente Basura Blanca de Segunda Generación en referencia a la clase blanca trabajadora inmigrante de la que los pioneros del hardcore eran hijos) constituye un manifiesto del movimiento. Barcelona, antes de la explosión del indie pop, fue uno de los centros de difusión del hardcore en Europa; quizás el grupo más emblemático fueran los extintos Subterranean Kids, de Cornellà.

xvi Imagen tomada del video clip de la canción God Put A Smile Upon Your Face -Dios puso una sonrisa sobre tu cara- del grupo británico Coldplay, en el que un ejecutivo sufre la progresiva desaparición de sus miembros.

xvii Hablamos aquí de tecnología tanto en sus variantes blandas o simbólicas y organizativas como duras o artefactuales y bioquímicas.

xviii Juego de palabras que vincula Queer -marica-, con el suelo nativo de esta maniera "filosófica", Norte América.

xix De Sontag, Susan Sontag

xx El club de la lucha

xxi Chuck Palahniuk. El club de lucha (Muchnik, 1999) p. 57

xxii Me refiero, naturalmente, a la lectura de Zizek de esta obra.

xxiii Op. Cit. p. 164

xxiv López Petit, Santiago. El Estado-Guerra (Hiru) p.77

xxv Chuck Palahniuk. El club de lucha. p.56

xxvi Op. Cit. pp.127-128

xxvii Op. Cit. p. 167

xxviii Op. Cit. p. 141

xxix Op. Cit. p. 143

xxx El tema-problema del maestro, del aprendizaje del vacío, es palpable en Fight Club. El autor es consciente de ello; la solución tomada, que se acoge clásicamente al recurso del salvador, del dios interventor, se ejerce desde una perspectiva harto moderna: la solución combina el Deux Ex Machina y el tema del doble ¿a quién acudir cuando se está solo ante la copia de una copia de una copia que es la muerte en vida de la cotidianidad? Who is Tyler Durden?

xxxi Op. Cit. p. 59

xxxii Es interesante comentar rápidamente el importante papel que juegan tanto las realidades de la terapéutica grupal y la autoayuda como sus respectivas retóricas en todo Fight Club. Sin duda, el autor conoce el tema y lo aprovecha para articular su propuesta narrativamente; su desmenuzado protagonista sólo logra vencer su insomnio después de una dosis diaria de descarga afectiva comunitaria en los múltiples grupos de apoyo en los que se apunta, sentirse vivo a través de las descargas empáticas de los condenados a muerte de las sesiones lo convierten en un yonky de estos grupos, pero la efectividad de esta táctica se desvanecerá al descubrir a otro yonky y sano impostor en las sesiones, la distancia imposible que se abre al reconocerse no en el grupo sino en el impostor le harán desenvocar en la verdad dolorosa del Club de la lucha, una versión de la terapia de grupo que no busca el alivio o la autosuperación, imposturas intransitables para los sanos muertos vivientes que habitan la vida cotidiana, sino la autodestrucción en comunidad. En su novela posterior Asfixia, el protagonista, un adicto al sexo que resulta ser el hijo de Jesucristo a causa de un accidente genético ridículo, aprovecha las pausas en la terapias de grupo para desatar sus obsesiones con otras adictas en los lavabos del hospital.

xxxiii Hablo, por supuesto, del modelo de muta de Canetti. Aunque lo hago con prudencia insolente.

xxxiv Chuck Palahniuk. El club de lucha. p.52

xxxv En esto también difiere Fight club de la versión clásica del fascismo, obsesionada con el medievo o con el imperio, momentos míticos álgidos de la raza o de la nación. En fight Club se trata de volver a 0 la historia, de provocar un nuevo comienzo, un retorno a la igualdad de condiciones del origen, a la noche de la historia en la que todos los gatos son pardos, pero no para detenerla, glacificarla, anularla, o revivir continuamente el pasado sino, de forma progresista, para redimir el presente y el futuro.

About me | Site Map | Política de privacidad | mail | 2005