La vida tira hacia delante, igualmente, por todos lados: "primer" o "tercer" mundo, pobres, ricos, tontos por vocación, listos por castigo, trabajadores esclavos vocacionales, etc.
No vamos a hablar de la energía, pero ya que vamos a volver a decir y celebrar la buena nueva que trae aquella obviedad: la de que "la vida es tonta"; habrá que resaltar otra vez cómo devenimos placa de bacterias/humanos que hasta que no gastan su alimento (petróleo, gas...) no paran. La bonita e infinita inteligencia de cada uno/a de poco sirve a la hora de ser placa desgastante (¿o mucho sirve?) (¿qué es la inteligencia?).
Enfrentarnos con la tontería de la vida, puro deseo, enfrentar la verdad de la producción y la producción como única verdad, eso es lo "fundamental" que divulgan desde el Anti-edipo nuestros anti-profesores los señores Deleuze y Guattari. La segunda tesis del esquizoanálisis, que depende-conlleva sencillamente el que "la revolución se hace por deseo y no por deber", frente a la soberana y tonta espiritualidad del poder revestida de corbatas, espiritualidad no menos absurda que el absurdo que pretende encubrir, pues no por otra cosa existe tal espiritualidad, por el absurdo que supone "la ausencia de fin y de sentido de su soberanía", de la soberanía del poder. Espiritualidades que en algunos casos se han teñido desastrosamente en este siglo de "científicas", para liarla aún más si cabe (tienen hasta sus edificios y estudios).
Por todo esto quizás parece que cada vez más sólo pueden ser vulgares "tontos" los que salgan en la tele, los políticos, etc. Gente tullida.
Si hay algo quizá universal son quizá nuestras excusas o ganas para vivir y vivir. Y seguir viviendo. La vida es intrínseca, necesaria y felizmente "tonta" de capirote, es su grandeza inocente, algo imposible de contrarrestar totalmente y que por otra parte es realmente un pecado intentar hacerlo, o reprocharle algo en tanto vida. La vida es una sonrisa absoluta ante lo que a ella -tonta entre las tontas- se le aparenta como el tonto e inútil caos de ahí afuera. La suma de las vidas humanas "tontas" (aunque menos) devenida placa desgastante es, lógicamente, sumamente tonta. Queda por inventar quizá la política con-la-naturaleza (que bien poco haríamos sin esas nuestras amigas "las cosas" (y animales), ellas y ellos, que nos alimentan y abrigan, y traspasan sin cesar; flujos, adorable palabra; nunca nos bañamos en el mismo río pues ni siquiera de un día para otro somos físicamente lo mismo). Una política por tanto felizmente inhumana (que lo humano agobia ya mucho). Contra el suave totalitarismo de la vida que vemos reflejado en la tontería de nuestros políticos.
Por aquí no sabemos qué hacer con la tontería, parece, y la convertimos en estadística. Y
"por aquí" hemos puesto a trabajar ese maravilloso buda sonriente -de allá-, el de la vida hacia fuera, hacia la búsqueda de trascendentes tranparencias... a trabajar duramente en la conquista y acristalamiento del mundo; y por allende los mares y los continentes-cultura se ha hecho quizá en cierto modo al revés: más hacia dentro.
El universo es como vemos una lucha de tontos y un mundo de ilusión, una inmensa navidad. Recordemos la cita "de Heráclito" en nuestra portada: "el universo es el juego de un niño que juega a los dados... ".
Una parte básica de los usos de aquello que llamaremos "x": religiones "x", filosofías "x", ciencias "x"... y sus mezclas... es el calentamiento, el cocinamiento de esferas humanas, aunque a veces a la vez se busque antes un precongelamiento para conseguir tras ello cierta dependencia de los humanos respecto a ciertos centros o anti-centros de calentadores determinados por la "x" en cuestión.
Ese universal tirar para delante de la vida nos iguala y a la vez nos desiguala, pues obviamente se apuesta -"sin quererlo"- por el contingente "sistema" o sistemas-mundo que "ya tenemos". La vida tira hacia delante pero por un camino en gran parte ya hecho, pues en cierto sentido no hay vuelta atrás; apuesta inevitable y consensualmente por lo que hay y se hace caminos a partir de ello, no hay repeticiones, y no importa al absurdo al que lleven las variaciones de las tareas, y no importa lo que éstas ayuden a mantener de esas "estructuras básicas" (divisiones del trabajo... etc.).
A una vida particular no le toca "cambiar el mundo", ella, la pobre, siempre cambiante, sacudida y atravesada eternamente... una vida usa y deja que le penetre el mundo como puede, y lo mismo para una placa de millones de humanos. Y el mundo-navidad nos recibe a su vez con los brazos abiertos (ya vendrán patadas si vienen). La inteligencia de una vida (o incluso de unas cuantas) no sabe ni puede (y quizá no debe ni puede jamás saber o querer saber realmente) qué hacer con "el mundo", pues entonces se acaba la magia de la navidad-mundo (de sobra sabido es que el capitalismo ha sido capaz de asimilar e incluso quizá "alimentarse" de las "revoluciones" que los tontamente vivos podemos crear, aliándonos sincera y tontamente).
No se puede hacer política-ilusión diciéndoles a los niños mayores que papá noël es de mentira. Lo que no quita que el mundo sea -como dijimos- un gran papá noël.
Es parte de ese tópico presente creo que desde que comienza la filosofía: no se pueden prever los resultados de las acciones (falta añadir quizá el "no se debe prever..."). Y es tarea de los "jefes", los que comen bien y son gente visible que toma las riendas, los comprometidos, en cada momento, el propagar desde su estupidez la ilusión de que sí (a veces mintiendo a todas luces (luces navideñas o terroríficas, depende de la festividad)), propagar el que sí que se sabe a dónde va a llevar todo esto o todo lo otro de más allá, o, en su defecto, aunque sólo sea, propagar un mero "¡vamos!" y darle a la tecla de repartir premios y golosinas.
En un instante concreto imaginemos todos los movimientos que se alían "sin querer" en nuestro planeta humano, donde -pongamos- unos extraen de la tierra, esclavizados y otros fabrican y moldean tierra, más o menos felizmente aturdidos por la necesidad imperiosa de vivir, u otros se sientan y trabajan por lo mismo... sentémonos al borde de la cubierta del humeante barco y veamos también cómo otros tiran a la basura lo antes fabricado por los de más allá y trabajan-piensan por el progreso del mundo mundial, por lo mismo de lo mismo. No hay más (ni hay menos).
Allá donde vayas: ganas y más ganas de vivir, hasta el feliz aburrimiento. Ya se sabe que en la navidad todos hacemos falta, pero eso es como decir que absolutamente nadie hace falta, que aquí sobramos "todos".
Siempre quedará alguien, siempre te sustituye alguien (de hecho el mundo parece que es, a veces (por lo tonto), el reino del sustituto-opositor-pelota, no vamos a descubrir américa: la forma Estado necesita, fabrica y se compenetra con lo tullido: Deleuze/Guattari han dicho (y por cierto, también escribieron (!) que la situación actual era francamente desesperante)).
Son muchos los que se suicidan, los que mueren de hambre o tristeza, accidente o miedo... da lo mismo, lo que tira del carro siempre es más, más todo, la vida triunfa (y siempre estaremos con ella, para bien y para mal, pues recordemos: hemos de integrar-expandir orden/desorden); bien saben de ese triunfo los que están subidos al puesto-de-chucherías en el que venden por ejemplo el motor-petróleo dentro de esta fiesta-nuevo-big-bang-metafísico.
El carro-barco es sinónimo de vida. Quien se baja por lo que sea, o quien nace ya bajado, se bajó -estadísticamente comprobado- para toda la vida, no hay vuelta atrás, así es la vida tonta.
Y los niños dan la vida. Hace poco una ex-compañera de trabajo "inmigrante" colombiana madre de familia me lo decía frescamente: "hay que tener hijos" (caiga quien caiga, incluidos los hijos, por supuesto, en la merienda que supone ese "caiga quien caiga", puesto que precisamente ese es el truco). Un sentimiento de repulsa me asalta ante la frescura, ya que lo que dice es simple y absolutamente cierto, es una verdad abrumadora. La verdad del infinito utilitarismo navideño del mundo, usar para ser usado (de los niños, adultos,... todos por todos, placa felizmente tonta). Para vivir, para querer seguir vivo, nada mejor que los hijos o niños y sus sonrisas y alborotos (y de ahí quizá la "privatización" de los mismos y los diversos negocios alrededor de ellos) y, para más inri -en mi caso- quizá también nada mejor que añadir una mujer que te aguante, y que puedas aguantar. Pero estamos criados en ciertas exigencias, autoconvencidos de ciertas "superaciones": no querer para la prole propia aquello que conscientemente vemos que hemos "sufrido" en nuestra piel en el pasado para mal. Esto es, en realidad todos sin excepción estamos criados en cierto querer la muerte (si se quiere llamar "ser para la muerte"... en la trascendencia del "o bien... o bien"...). Y así parece que "progresa" "occidente": quizá, cocinados como estamos en la autoconsciencia-superante de inútiles semipreparados.
Aunque, todo sea dicho, al no tener útero, por otra parte, me es bastante más difícil tener hijos, una pena .
Por tanto, el "cinismo difuso adulto" (de Sloterdijk, en la "crítica de la razón cínica") parece que se nutre también de una difusa sensación autocontroladora contra la vida, sacrílega contra los niños, en nuestra época. Qué contradicción supone el que realmente, puestos a pensar (si uno no pide mucho) nunca fue más fácil -en cuanto a logística- procrear, y, sin embargo nunca ha habido más represiones "lógico-mentales": «no que aún no tengo 'tiempo', un 'trabajo bueno', compañía buena, casa, coches...». (Pero uf, por cierto, qué mal suena 'trabajo bueno' en este mundo donde se reduce totalitariamente a cero el caprichoso, debido y necesario 'espacio de los trabajos deseados y remunerados'... , qué mal suena, porque los que trabajan y producen no deciden (deciden las cosas y un poco a veces los jefes-que-disfrutan ahí arriba)).
Esta parte del mundo está regada por un cinismo difuso francamente mortífero, apoyado por tanto entre otras cosas en esa negación de la vida que supone el "no puedo o debo tener hijos por esto o lo otro..." (incluso se puede negar indirectamente la importancia de los niños y los rostros dadores de vida con teorías de la vida o con filosofías más o menos "vitalistas").
Pero siempre nos quedarán los niños supletorios de la tele o del cine, o los niños grandes y bien cuidados de la televisión-cine-ordenador, cumpliendo su función calentadora. Nos queda calentarnos con los rostros de la tele, pues a veces tenemos -quizá equivocadamente- una íntima convicción: el arreglo planetario entre cosas-humanos ha fabricado una monstruosa placa-proliferación triunfante de estos últimos, y, aunque tengamos consciencia clara de que el problema no es de cantidad y no nos importe el violento neo big-bang organizacional que quizá todo esto pueda suponer, a veces tenemos una vergüenza-de-luchar y sabemos que en último término, ahí afuera del planeta, no hay atmósferas, y que los que se salvarán -como en las películas americanas- ya están salvados aquí abajo, en la tierra, y tienen incluso sus empresas, y empresas que además, encima, en algunos casos ya se dedican a dar nacimiento-crianza a lo que se llama "vida artificial" -o a intentarlo-.
En nuestras nuevas santidades de nuestros cuerpos de tipo televisivo, cuerpos donde hemos acumulado miles de millones de años de tontas "computaciones" vitales, quizá dejemos o dejamos ya de hecho "el mundo" para los que se lo merecen, que son, de todas maneras, los que ya estaban en él, los que "están en él", los triunfitos y triunfadores, los auténticos, "los buenos", qué se le va a hacer, hace ilusión y de eso también se vive (?).
Aunque en realidad lo que más nos tira a veces sería lanzarnos a por toda la tontería que podamos, que nunca es tarde si la vida es buena (he aquí el "secreto del mundo", condensado en un sencillo cuasi-refrán) . Meditemos.
