(Texto que forma parte de un libro publicado en papel por "traficantes" bajo licencia Creative Commons Attribution-NoDerivs-NonCommercial)
La historia de la cultura europea está viviendo una de sus
mayores conmociones desde el invento de la imprenta. Se ha
lanzado un autentico desafío a los fundamentos mismos del
concepto de cultura y a sus modos de producción, socialización
y apropiación. Hablo evidentemente de su integración
en los procesos de valorización económica. Este proceso de
integración se ha acelerado desde comienzos de la década de
1980, por un lado mediante la mundialización y la financiarización
de la economía, y por otro mediante el advenimiento
de lo que se ha denominado como nuevas tecnologías.
Desde hace algún tiempo, algunas voces se han alzado
para defender la cultura, especialmente por parte de intelectuales
y artistas. La oposición mas importante, que había
puesto en tela de juicio la subordinación de la cultura al
campo económico, ha cristalizado los asuntos referidos a la
renegociación de las relaciones comerciales que conciernen a
la producción audiovisual, así como también a los «derechos
de autor» cuya definición se ha visto puesta en cuestión por
los nuevos medios de comunicación.
La estrategia de defensa de la cultura que, en Francia al
menos, parece desprenderse de estas primeras formas de
movilización en contra del monopolio mundial de las grandes
empresas estadounidenses de la comunicación y del
«entretenimiento», es la que se conoce bajo la definición de
la salvaguarda de la «excepción cultural».
Artistas e intelectuales, así como políticos y gobernantes
que reivindican el derecho a la «excepción cultural», se consideran
herederos de la tradición y de la historia de la cultura
europea: autonomía
artistas en relación a lo político y a lo económico. La estrategia
de los que defienden la «excepción cultural» parece apuntar
a la utilización y la redefinición positiva de la separación
entre cultura y economía.
Lo que me gustaría someter a discusión, es el hecho de
que esta posición que refleja, a mi modo de ver, un punto de
vista más ampliamente europeo sobre la cuestión, resulta insostenible frente a los nuevos modos de producción y de
difusión del saber. La hipótesis que quisiera proponer invierte,
desde un cierto punto de vista, la estrategia de la excepción
cultural y podría resumirse de esta manera: los modos de
producción, socialización y apropiación del saber y de la cultura
son realmente diferentes de los modos de producción,
socialización y apropiación de las riquezas. Según una intuición
de Georg Simmel son «los modos de producción y de socialización propios de la cultura los que es preciso introducir
en la economía», en lugar de reivindicar su autonomía.
Y esto, no como una acción voluntarista, sino porque conforme
a una intuición, en esta ocasión de Gabriel Tarde, «la producción
intelectual» tiende a convertirse en la forma general
de dirección y organización de la producción de riqueza, al
tiempo que la «necesidad de conocer» y el «amor a lo bello y
la avidez de lo exquisito» son los grandes estuarios que se
abren al desarrollo del progreso económico.
Así pues utilizaré estos dos autores y especialmente la
Economía psicológica de Tarde para apuntalar mi argumentación.
Gabriel Tarde publicó su Economía Psicológica en 1902, hace ya
un siglo. Quisiera tan sólo recordar que estas formidables anticipaciones
de Tarde no forman parte a decir verdad de la tradición
cultural europea, ya que su teoría cayó en el olvido.
Partiendo del modo de producción de la cultura y particularmente
de los conocimientos, Tarde propone una crítica
de la economía política de intrigante actualidad, invirtiendo
el punto de partida del análisis económico. No comienza por
la producción de los valores-utilidad, es decir por la «producción
material» —la célebre fábrica de alfileres así como la
Enciclopedia de las Luces, han pasado a la filosofía moral
escocesa de Adam Smith convirtiéndose, de esta manera, en
el ápice de la economía política—, sino por la producción de
conocimientos: la producción de libros.
«¿Cómo se hace un libro? No resulta menos interesante que
saber cómo se elabora un alfiler o un botón».(1)
Unos inicios inimaginables para los economistas de la época —incluso, todo hay que decirlo, para los contemporáneos—
y aún menos para nosotros, puesto que la producción
de un libro podría ser asumida como paradigma de la producción
postfordista.
Los valores-verdad, como dice Tarde, los conocimientos
como cualquier otro producto, son el resultado de un verdadero
proceso de producción. A medida que se desarrollan
dispositivos como la «prensa», la opinión publica, —hoy
también podríamos hablar de la televisión, las redes telemáticas, Internet— que hacen que los actos de producción y de
consumo de conocimientos sean cada día más reproducibles
y uniformes, estos valores-verdad adquieren un «carácter de
cantidad cada vez más marcado y propio, que justifica mejor
su comparación con el valor de cambio». ¿Se convierten, de
este modo, en mercancías como las demás?
La economía trata efectivamente estos bienes como riqueza
económica, considerándolos como valores-utilidad al igual
que el resto, pero según Tarde los conocimientos poseen un
modo de producción que no puede reducirse a «la división
del trabajo»; un modo de «socialización» y de «comunicación
social» que no puede estar organizado por el mercado y por
el intercambio, so pena de desnaturalizar la producción y el
consumo de estos valores.
La economía política se ve obligada a tratar los valoresverdad
del mismo modo que trata a las demás mercancías; (2)
puesto que no conoce otros métodos que los que ha elaborado
para la producción de valores-utilidad, debe tratarlos, y
esto es lo más importante, como productos materiales, so
pena de tener que trastocar, completamente, sus fundamentos
teóricos y sobre todo políticos. De hecho las «luces»,
como Tarde denomina en ocasiones a los conocimientos,
agotan el concepto de riqueza de la economía política, basado
en la escasez, la carencia y el sacrificio.
Empecemos, como nos propone la economía política, por la producción, subrayando que se trata de la producción de libros y no de alfileres. En principio, con la producción de libros nos enfrentamos inmediatamente a la necesidad de cambiar el modo de producción y el régimen de propiedad frente a lo que teoriza y legítima la ciencia económica.
La norma, en el caso de los libros, es la producción individual, mientras que su propiedad es esencialmente colectiva; y esto es debido a que la «propiedad literaria» no posee sentido individual más que en el caso de que las obras sean consideradas como mercancías, y la idea de un libro sólo pertenece exclusivamente al autor hasta el momento de su publicación, es decir, cuando todavía es desconocido para el mundo social. Por el contrario, la producción de mercancías se torna cada vez más colectiva mientras que su propiedad permanece individualizada, y lo estará siempre, aunque la tierra y los capitales fueran«nacionalizados». No cabe duda, que en el caso de los libros, la libre producción se impone como mejor modo de producir. Una organización del trabajo científico que reglamentara legislativamente la investigación experimental o la mediación filosófica daría resultados lamentables.(3)
La imposibilidad de organizar la producción según un management científico es lo que están dispuestas a reconocer, con límites muy precisos, las grandes multinacionales de la economía de la información. Por el contrario, en lo que son inflexibles es en el régimen de propiedad. ¿Es aplicable la noción de propiedad a todas las formas de valor, tanto de valor-utilidad, como de valor-belleza y de valor-verdad? ¿Podemos ser propietarios de un conocimiento como lo somos de cualquier valor-utilidad? Puede, responde Tarde, pero no en el sentido en el que lo entiende la ciencia económica y la ciencia jurídica, a saber como «libre disposición».
En este sentido, un hombre no es nunca propietario de su gloria, de su nobleza, de su credibilidad [en relación a la sociedad] como no lo es de sus miembros, de los que no sabría desprenderse —en tanto miembros vivos— en favor de otros. No se puede, por lo tanto, albergar ninguna duda sobre la expropiación de estos valores, los valores más importantes, los que resultan imposibles de nacionalizar.(4)
Por lo tanto, para evitar enfrentarse a la necesidad de una
nueva forma de organización de la producción y de un nuevo
régimen de propiedad, tal y como implica la naturaleza de los
conocimientos, la economía política está obligada a considerar
los «productos no materiales» como «productos materiales»;(5)
mercancías como las demás en la medida en que la producción
de un libro pone en tela de juicio la propiedad individual y
exclusiva, y el modo de producción disciplinario en el que se
funda la economía.
Pasemos ahora al consumo. ¿Podemos
comparar el consumo de riquezas con el consumo de valoresverdad
y de valores-belleza? Pregunta Tarde: «¿Consumimos nuestras creencias pensando en ellas y las pinturas que admiramos
mirándolas?».(6) Tan solo las riquezas, tal y como las define
la economía política, prevén un «consumo destructivo» que
supone a su vez el intercambio y la apropiación exclusiva. El
consumo de una creencia, al contrario, no supone una alienación
definitiva, ni su consumo destructivo.
Y, para profundizar en la especificidad del «consumo» de
conocimientos, analicemos el modo de «comunicación
social», la forma de transmisión de los valores-verdad, que
los economistas no son capaces de concebir más que bajo el
prisma del mercado. En un primer momento, Tarde nos
comenta que los conocimientos no necesitan ser propiedad
exclusiva de nadie para llegar a satisfacer el deseo de saber y
no prevén una enajenación definitiva del «producto». E
incluso añade que la transmisión de un conocimiento no
empobrece en absoluto a quien lo ha producido y lo intercambia.
Al contrario, la difusión de un conocimiento, en
lugar de despojar a su creador, aumenta su valor así como el
propio valor del conocimiento.(7) No es, por lo tanto, esencial
que estos bienes sean objeto de intercambio para que se puedan
comunicar.
Recurriendo a la metáfora o por abuso del lenguaje se dice de dos interlocutores que «intercambian ideas» o su admiración mutua. De hecho, intercambio de luces [conocimientos] y de belleza, no quiere decir sacrificio, significa mutua irradiación, reciprocidad del don, pero de un don muy privilegiado, que no tiene nada que ver con el de la riqueza. En este último el donante se despoja dando; en materia de verdades, así como de belleza, da y conserva al mismo tiempo. En materia de poderes, ocurre lo mismo en algunas ocasiones [...]. De esta suerte, el libre-intercambio de ideas, creencia religiosas, artes y literatura, instituciones y costumbres entre dos pueblos en ningún caso,correría el riesgo de lo que muchas veces se le ha reprochado al libreintercambio de mercancías: ser una causa del empobrecimiento de uno de los dos.(8)
El enunciado «el valor de un libro» resulta ambiguo porque posee un valor comercial en tanto que es «tangible, apropiable, intercambiable, consumible» y un valor-verdadero en tanto que es esencialmente «intangible, inapropiable, inintercambiable, inconsumible». El libro puede considerarse a la vez como un «producto» y como «un conocimiento». Como producto, su valor puede definirse en el mercado, pero... ¿y cuando es considerado conocimiento? Las ideas de pérdida y de ganancia se aplican a los conocimientos, pero aquí la valoración de las pérdidas o de las ganancias exigen una ética y no un mercado. Un libro se escribe a favor o en contra de otros libros, como un producto es hecho para o en contra de otros productos, pero tan sólo en el segundo caso la competencia puede estar determinada por el precio. En el primer caso, precisamos de una ética. La transmisión de conocimientos tiene que ver más con la donación o el hurto, que son nociones morales, que con el intercambio.
En cambio y en la medida misma en que es [el libre intercambio de ideas] una adición recíproca, y no una sustitución, suscita bien acoplamientos fecundos, bien encontronazos mortales, entre las cosas heterogéneas que pone en relación. Puede, pues, hacer mucho daño cuando no hace mucho bien. Y como el libre intercambio intelectual y moral sirve siempre, más tarde o más temprano, como acompañamiento del libre-intercambio económico, se puede decir de este último que en el caso de separarse de aquel se tornará tan ineficaz como inofensivo. Sin embardo, reitero, son inseparables y, por ser de duración indefinida, una tarifa prohibitiva debe acompañarse de un Index, del prohibicionismo eclesiástico.(9)
Según Tarde, los modelos de producción y de comunicación
de los conocimientos nos conducen más allá de la economía.
Nos encontramos más allá de la necesidad de socializar las
fuerzas intelectuales mediante el intercambio, la división del
trabajo, la moneda y la propiedad exclusiva. Esto no significa
en ningún caso que las relaciones de poder entre fuerzas sociales
sean neutralizadas. Por el contrario, se manifiestan mediante
acoplamientos fecundos o mediante encontronazos mortales más allá del mercado y del intercambio de riquezas.
En otras
palabras, la naturaleza ética, no reconocida, de las fuerzas económicas
resalta eficazmente como única forma de «regulación
económica» en el preciso momento en el que la producción
intelectual se subordina a la producción económica.
Volvemos a encontrarnos aquí con el problema nietzscheano
de la «jerarquía de valores» y de la «gran economía»,
pero sobre un terreno muy diferente.
Tarde nos ofrece otro ejemplo, relativo esta vez a la «formación
», y que nos conduce a las mismas conclusiones. Podríamos
establecer una comparación entre la producción de riquezas y
la producción de valores-verdad en la enseñanza. Así pues,
podríamos definir, en pedagogía, los diversos factores de
producción de la enseñanza. Del mismo modo que los economistas
diferencian el trabajo, la tierra y el capital, en la producción de las «luces» podríamos distinguir la actividad
y la inteligencia del alumno y la ciencia del profesor.
A decir verdad, estas disertaciones no servirían de gran cosa. Ante todo, la primera condición de una buena enseñanza—dadas las condiciones psicológicas del maestro y del alumno—, se encuentra en un buen programa escolar, y un programa supone un sistema de ideas, un credo; del mismo modo la primera condición de una buena producción económica es una moral en base a la cual establecemos un acuerdo. Una moral es un programa de producción industrial, es decir, de consumo, ya que una y otro son solidarios.(10)
Aunque, en lo que atañe a determinados aspectos, las «luces» pueden ser reducidas a valores-utilidad —suponen consumos y destrucciones de fuerzas y derroches para la producción, pueden materializarse en productos y poseen precio—, la producción, el consumo y la apropiación de ideas y de conocimientos difiere esencialmente de la comunicación y de la socialización de las «riquezas».(11) De este modo, en el capitalismo todas las formas de producción, incluso las más incomparables, pasan cada vez más a ser evaluadas en dinero, pero cada vez en menor medida los conocimientos se prestan a este tipo de valoración. Aquí, Tarde nos abre otra puerta trasera de la «producción intelectual» que la economía política aprehende apoyándose en los principios de escasez, sacrificio y necesidad. El problema de la «producción intelectual» que nos muestra no consiste tan sólo en formular «una ética» aplicable a los valoresverdad, sino sobre todo en encaminarse hacia una forma de producción cada vez más gratuita. La producción intelectual agota la razón de ser de la economía y de su ciencia: la escasez.
La civilización tiene por efecto hacer entrar en el comercio, es decir, en el campo económico, un sinfín de cosas que anteriormente no tenían un precio, no estaban sujetas a derecho e incluso a poder alguno; a su vez la teoría de la riqueza ha invadido sin descanso la teoría del derecho y la teoría del poder, la jurisprudencia y la política. Pero, por el contrario, debido a la creciente gratuidad de los conocimientos, libremente repartidos, se borra la frontera entre la teoría de las riquezas y lo que podríamos llamar la teoría de las luces.(12)
Estas pocas páginas parecen haber sido escritas para la economía
de la información y la propiedad intelectual dentro de
la economía de lo inmaterial. «Libre producción», «propiedad
colectiva» y «circulación gratuita» de los valores-verdad
y de los valores-belleza son las condiciones de desarrollo de
las fuerzas sociales dentro de la economía de la información.
Cada una de estas cualidades de la producción intelectual
contradice los fundamentos de la economía de la información
en la que los desafíos que hoy representa Internet cristalizan
en futuras oposiciones.
Georg Simmel llega, en la misma época, a conclusiones
similares.
Igualmente, la comunicación de los bienes intelectuales no significa retirar a uno lo que otro debe probar; por el contrario, sólo una sensibilidad exacerbada y casi patológica puede realmente sentirse perjudicada cuando un contenido intelectual objetivo deja de ser propiedad subjetiva exclusiva, en la medida en que ha sido pensado por otros. Globalmente, podemos decir que la posesión intelectual, al menos en la medida en que carece totalmente de una extensión económica, no se adquiere a expensas de lo ajeno, ni tomando una parte de las reservas, sino que, estando todo ya dado, debe ser producida finalmente por la propia conciencia del adquisidor. Ahora bien, se trata claramente de introducir esta conciliación de intereses, que resulta de la naturaleza del objeto, en el dominio económico donde, a causa de la competencia para satisfacer las necesidades particulares, cada uno sólo se enriquece a expensas del otro.(13)
Como subraya muy bien G. Simmel, la conciliación de los
intereses, que resulta de la naturaleza del objeto intelectual,
es un programa político, dado que la lógica de la escasez, el
régimen de propiedad exclusiva y el mundo de la producción
han sido impuestos a estos productos mediante las
nuevas industrias del conocimiento. Ahora bien, si no nos
preguntamos por las contradicciones especificas de la producción
intelectual y nos limitamos tan sólo a reivindicar la
autonomía de la cultura y sus productores, la resistencia a
la dominación del capitalismo contemporáneo, en lo que
atañe a la cultura, no deja de ser un deseo piadoso. No obstante,
la producción contemporánea de riquezas no incluye
sólo la producción, la socialización y la apropiación de conocimientos,
sino también los valores-belleza, es decir las fuerzas estéticas. A medida que las necesidades se tornan cada
vez más específicas, el valor estético se convierte en uno de
los elementos fundamentales y estimuladores del deseo de
producción y del deseo de consumir. Este proceso, que apenas
había comenzado en el momento en que Tarde escribía
sus páginas y que era difícilmente perceptible para los economistas
de su época, experimentó una aceleración extraordinaria
a partir del impulso de lo que se ha llamado economía
de la información o de lo inmaterial.
La definición de la cultura a la que remite la estrategia de la«excepción cultural» presupone una diferencia cualitativa
entre trabajo industrial y trabajo artístico. Hoy, a partir de la
tendencia despejada por Tarde, conforme a la cual la producción
intelectual se ve subordinada a la producción económica,
el trabajo artístico tiende a convertirse en uno de los
modelos de la producción de la riqueza.
Acabamos de ver en qué medida el concepto de riqueza
debe integrar los conocimientos y cómo el trabajo intelectual conlleva el desarrollo del «progreso económico» según Tarde.
Nos queda por analizar en qué medida el trabajo artístico
puede conducir a una comprensión de este cambio radical.
Según Tarde, toda actividad es una mezcla de trabajo de imitación
y de invención —también en el trabajo artístico— presentes
en grados muy desiguales y dispares. El trabajo industrial
no escapa a dicha regla. ¿Qué relación existe entre trabajo
industrial y trabajo artístico? La clarísima diferencia que
establece entre trabajo industrial y trabajo artístico no impide
una continuidad en esta transición.
La definición social de actividad artística que Tarde recoge
de modo magistral nos inspira algunas reflexiones sobre
la modificación de las relaciones entre productor y consumidor
que resulta de las interacciones entre actividad artística
y actividad industrial. Subrayemos dos aspectos de la definición
tardiana del trabajo artístico: Por un lado el papel
determinante representado por la «imaginación» y, por otro,
el hecho de que en la actividad artística la diferencia entre
productor y consumidor tiende a desaparecer. No hace falta
decir que aquí también las consideraciones tardianas son de
gran importancia con vistas a definir el estatus y las funciones
del «consumidor/comunicador» en nuestras sociedades contemporáneas.
Efectivamente, en lo que atañe al postfordismo,
la clientela de cualquier producción industrial —y especialmente
en la producción de la economía de la información—
tiende a identificarse con un público y este último representa
al mismo tiempo el papel de productor y de consumidor.
La sensación es el elemento psicológico no representable
y, por lo tanto, no comunicable, que a decir de Tarde es el
objeto mismo del trabajo artístico.
Lo hemos dicho al principio: los fenómenos de la conciencia no se resuelven enteramente mediante la creencia o el deseo, mediante enjuiciamiento o voluntad: existe siempre en ellos un elemento efectivo y diferencial que representa un papel activo en las sensaciones propiamente dichas y que, en estas sensaciones superiores conocidas por el nombre de sentimientos, posee una acción disimulada que no por ello resulta menos esencial. La propia virtud del arte consiste en hacer regir las almas tomándolas por este importante lado de lo sensorial. En tanto que manipulador de las ideas y de las voluntades, es muy inferior, en definitiva, a la religión y a las diferentes formas de gobierno, política, derecho, moral. Pero como educador de los sentidos y del buen gusto, no posee parangón.(14)
¿Pueden las sensaciones constituirse en valores mensurables cuantitativamente y, por lo tanto, ser intercambiadas? ¿Mediante qué tipo de dispositivos e implicando qué tipo de actividades?
[...] los grandes artistas crean fuerzas sociales igualmente dignas del nombre de fuerzas, capaces de crecer y decrecer con regularidad, como las energías de un ser vivo.(15)
El artista llega, a través de sus obras de arte, a dar consistencia social a las sensaciones más fugaces, más singulares y más matizadas. Mezclando los elementos psicológicos de nuestra alma, en la que predominan las sensaciones, los artistas añaden a través de sus obras una nueva variedad a la sensación del publico. La sensación y la sensibilidad son, por lo tanto, los «productos» del trabajo artístico.
Ahora bien, fabricándonos de tal modo el teclado de nuestra sensibilidad, ampliándonoslo y perfeccionándolo sin cesar, los poetas y los artistas superponen, y en parte sustituyen, nuestra sensibilidad natural, innata, inculta, diferente en cada uno de nosotros y esencialmente incomunicable, por una sensibilidad colectiva, similar para todos, impresionable por las vibraciones del medio social, precisamente porque ha nacido de él. Los grandes maestros de las artes, en una palabra, disciplinan las sensibilidades y, por consiguiente, las imaginaciones, las hacen reflejarse mutuamente y reavivarse por sus mutuos reflejos, mientras que los grandes fundadores o reformadores de religiones, los sabios, los legisladores, los hombres de Estado, disciplinan sus espíritus y corazones, los juicios y la verdad.(16)
Así pues, el trabajo artístico es para Tarde un trabajo «productivo » puesto que responde a una necesidad de producción y de consumo que concierne a la pura sensación. Ahora se pretende analizar cómo el trabajo artístico y el trabajo industrial se oponen o coinciden. La diferencia entre el arte y la industria estriba, en primer lugar, en que los deseos de consumo a los que responde el arte resultan más artificiales y caprichosos que aquellos a los que responde la industria y exigen una «elaboración social más prolongada». Los deseos de consumo artístico, producto de «la imaginación inventiva y descubridora», son mayores que los deseos de consumo industrial. Tan sólo la imaginación que les ha hecho nacer puede satisfacerlos puesto que tiene su origen, a diferencia de los deseos de consumo industrial, de forma casi exclusiva en la imaginación
Los deseos que sirven a la industria, labrada ciertamente por capricho de los inventores, brotan espontáneamente de la naturaleza y se repiten día tras día, como las necesidades periódicas que traduce; pero los gustos que el arte busca deleitar, se relacionan mediante una larga cadena de ideas geniales a instintos vagos, no periódicos, y que no se reproducen sino modificándose».(17)
El deseo de consumo industrial preexiste a su objeto y, tanto
si se ve precisado o sofisticado por ciertas invenciones del
pasado, no exige a su objeto más que su realización repetida;«pero el deseo de consumo artístico espera de su objeto su
propia finalidad y exige nuevas invenciones que este objeto
debe proporcionar sobre la base de las variaciones antiguas.
En efecto, es natural que un deseo inventado, al igual que su
objeto, tengan por objeto también la misma necesidad de
inventar, puesto que la costumbre de inventar no podría más
que dar píe y acrecentar su gusto».(18) Estas necesidades que no
son periódicas ni accidentales nacen de «un encuentro imprevisto» y exigen un «imprevisto perpetuo» para vivir.
No obstante, existe otra característica del trabajo artístico
que nos interesa particularmente. En la producción artística,
no se puede distinguir la producción del consumo; toda vez
que el artista experimenta él mismo el deseo de consumo,
busca en principio deleitar su gusto y no sólo el de su público.
Además, el deseo de consumo artístico tiene de particular el hecho de ser más vivo todavía, y la alegría que le sigue es más intensa en el propio productor que en el mero entendido. En esto el arte se distingue profundamente de la industria [...] De hecho en el arte, la distinción entre producción y consumo va perdiendo importancia, ya que el progreso artístico tiende a convertir a todo entendido en un artista y a todo artista en un entendido».(19)
Ahora bien, estas diferencias y estas oposiciones entre trabajo
artístico y trabajo industrial van cayendo una tras otra. El
fenómeno que se ha desarrollado consiste en una adaptación
cada vez más profunda entre ambos tipos de actividad. Este
proceso es contradictorio, aunque irreversible. Es lo que el
propio Tarde designa como una tendencia. Es necesario integrar
los valores-belleza en la definición de riqueza y el trabajo
artístico en el concepto de trabajo, porque «el amor de
lo bello, la avidez por lo exquisito» forman parte de necesidades«especiales» que presentan una gran elasticidad y, por
lo tanto, una gran oportunidad para la industria. Tarde
prevé, incluso, que «la industria del lujo, que en su época
correspondía a las clases superiores y era la única forma de
consumo que expresaba necesidades “especiales”, sería sustituida, a medida que las necesidades sociales se desarrollaran,
por el «arte industrial, el arte decorativo» al que bien podría
corresponder un glorioso destino.(20)
Walter Benjamin, algunas décadas más tarde, llegará a conclusiones
similares, analizando el desarrollo industrial y la actividad
productiva a partir de la producción cinematográfica.(21)
Para terminar, si se quiere salvaguardar la especificidad de la
cultura europea y su potencial de emancipación ya no nos
podemos limitar la defensa de la cultura, de su autonomía,
puesto que los valores-verdad y los valores-belleza se han convertido
en los motores de producción de riqueza. Efectivamente,
a medida que pasamos de los deseos de producción y de consumo
que satisfacen necesidades «orgánicas» a los deseos de
producción y de consumo que satisfacen deseos cada vez más
«caprichosos» y «específicos», de los que uno de los más importantes
es la necesidad de conocer, las actividades económicas
y las propias mercancías integran los valores-verdad—los conocimientos— y los valores-belleza.
«Añadamos que el lado teórico y el lado estético de todos
los bienes se va a desarrollar cada vez más, no a expensas de
su dimensión utilitaria sino más bien al lado de la misma».(22)
Esta conclusión que podría ser leída como catastrófica, en
la medida en que muestra una subordinación real de la producción
cultural y artística a los imperativos económicos,
resulta una oportunidad histórica, que tan sólo exige por
nuestra parte la capacidad de aferrarla. Tal vez por primera
vez en la historia de la humanidad, trabajo artístico, trabajo
intelectual y trabajo económico por un lado, consumo de mercancías,
apropiación de conocimientos y de valores-belleza,
por otro, exigen ser regulados por una misma ética.
