9.- La leve sorpresa de la acción. Hechos, fetiches y factiches.
A: Los dos significados del agnosticismo.
Va a hablar con un ejemplo de iconoclasta de la destrucción de fetiches, esto es, un enviado a la Tierra de la diosa de la razón moderna** para alumbrar a los "necios" espíritus de los parias. En esa diosa -recordemos- por cierto que no creen ni siquiera los propios modernos, pues en los actos se desmienten: siempre un verdadero científico debe estar dispuesto a rehacer, recrear, recomponer, "superar", pensar, etc. esto es, a dejarse sorprender y permitir hablar a los acontecimientos, para luego poder decir: he aquí los hechos. Nadie mejor que un científico es consciente de en qué manera dichos hechos necesitan en cierta forma ser objeto de cuidadosa "fabricación" para que adquieran derecho, un derecho que reposa sobre esa contradicción: a más construcción y reconstrucción más posibilidades de independencia de los actores nuevos que se ponen en el escenario como "hechos", nuevos hechos.
He aquí pues el ejemplo por ahora sólo copiado (pags 322 y otras; se encontrará también en la "introducción a Latour" que hicimos):
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" Su nombre es Jagannath y ha decidido romper el maleficio de las castas y el estigma que recae sobre los intocables revelando a los parias que el sagrado saligram, la poderosa piedra que protege a su familia de casta elevada, no es algo que deba inspirarles el menor miedo (Ezechiel y Mukherjee, 1990). Cuando reúne a los parias en el jardín de su casa familiar, este decidido iconoclasta, para horror de su tía, coge la piedra, y, cruzando el espacio prohibido que separa a los brahmanes de los intocables en el patio exterior que comparten, acerca el objeto hasta los pobres esclavos con el fin de que quede secularizado con su contacto. De pronto, en medio del patio, a la intensa luz del sol, Jagannath duda. Es justamente esta duda la que voy a utilizar como punto de partida:
"Las palabras se quedaron atascadas en su garganta. Esta piedra no es nada, pero he puesto en ella mi corazón y la acerco hasta vosotros: tocadla, tocad, el nandadeepa sigue ardiendo tranquilamente. Aquellos que están en pie detrás de mí [su tía y el sacerdote] intentan detenerme mediante los numerosos lazos de su obligación. ¿A qué estáis esperando? ¿Qué os he traído? Quizá las cosas sean de este modo: esto se ha convertido en un saligram porque lo he ofrecido como una piedra. Si lo tocáis, también será una piedra para ellos. Aquí mi impertinencia se convierte en un saligram. Debido a que lo he ofrecido, debido a que lo habéis tocado y debido a que todo el mundo ha sido testigo de este acontecimiento, dejemos que esta piedra se transforme en un saligram, en este oscuro atardecer. Y dejemos que el saligram se transforme en una piedra. (101)"
Pero los parias retroceden horrorizados:
"Jagannath intentaba apaciguarlos. Con su cotidiano tono de maestro, dijo: "Esto no es más que una piedra. Tocadla y lo veréis. Si no lo hacéis quedaréis necios para siempre". No sabía qué les había pasado, pero se encontró con que todo el grupo retrocedía bruscamente. Se les veía vacilar bajo sus rostros convulsos, temerosos ante la perspectiva de quedarse y temerosos ante la perspectiva de salir corriendo. Jagannnath había desado este momento propicio y se había consumido esperándolo, el momento en que los parias habrían de tocar la imagen de Dios. Habló con la voz agarrotada con la incontenible rabia: "¡Vamos, tocadlo!".
Avanzó hacia ellos. Se retiraron aún más atrás. Una especie de monstruosa crueldad se apoderó del hombre que había en él. Los parias parecían repugnantes criaturas que reptasen sobre su propio vientre.
Jagannath se mordió el labio inferior y exclamó con voz firm y queda: "¡Pilla, tócalo! ¡Vamos, tócalo!".
Pilla [un capataz perteneciente a la casta de los intocables] parpadeó, perplejo. Jagannath se sintió exhausto y confuso. Todo lo que les había estado enseñando en los últimos días no había servido para nada. Gritó espantosamente: "¡Tócalo, tócalo, TÓCALO DE UNA VEZ!". Parecía el sonido de un animal furioso, un sonido que se abría paso desde su interior. Se había convertido él mismo en la pura violencia, no tenía conciencia de nada más. Los parias le encontraron aún más amenazante que Bhutaraya [el espíritu demoníaco del dios local]. El aire quedó desgarrado con sus gritos. "Tócalo, tócalo, tócalo." El esfuerzo era excesivo para los parias. Se acercaron mecánicamente, tocaron apenas lo que Jagannath les tendía y se retiraron inmediatamente.
Agotado por la violencia y la angustia, Jagannath arrojó el saligram a un lado. Su palpitante congoja había terminado de forma grotesca. Su tía podía ser humana incluso cuando trataba a los parias como intocables. Él, en cambio, había perdido su humanidad por un instante. Los parias se habían convertido a sus ojos en objetos sin sentido. Bajó la cabeza. No sabía cuándo se habían marchado los parias. La oscuridad se había adueñado del patio cuando se percató de que volvía a ser él mismo. Enfadado con su propio proceder, empezó a caminar sin rumbo. Se preguntó a sí mismo: cuando lo tocaron, todos perdimos nuestra humanidad -tanto ellos como yo-, ¿no es eso? Y morimos. ¿Dónde está el fallo, en mí o en la sociedad? No hubo respuesta. Tras una larga caminata regresó a casa, sintiéndose aturdido. (98-102) "
La iconoclasia es una de las partes esenciales de toda crítica. ¿Pero qué es lo que pulveriza el martillo del crítico? Un ídolo. Un fetiche. ¿Qué es un fetiche? Algo que no es nada en sí mismo, sino únicamente la pantalla en blanco sobre la que hemos proyectado, erróneamente, nuestras fantasías, nuestro trabajo, nuestras esperanzas, nuestras pasiones. No es más que una "simple piedra", tal como Jagannath trata de hacer patente, a sus propios ojos y a los de los parias. Por supuesto, la dificultad reside en explicar cómo es posible que un fetiche pueda ser simultáneamente todo (la fuente de poder para los creyentes), nada (un simple trozo de madera o piedra), y un trocito de algo (de aquello que es capaz de invertir el origen de la acción y hasta de hacernos creer que, mediante la inversión, la reificación o la objetivación, el objeto resulta ser algo más que el producto de nuestras propias manos). Y sin embargo, de algún modo, el fetiche ve aumentar su fuerza en manos de los antifetichistas. Cuanto más intenta uno reducirlo a la mera nada, tanta más acción emana de él. De ahí la inquietud del iconoclasta bien intencionado: "Esto se ha convertido en un saligram porque lo he ofrecido como si fuera una simple piedra".
¿Qué es lo que ha quebrado el valiente iconoclasta? Sostengo que lo destruido no es el fetiche*, sino que, en vez de eso, lo desarticulado es un modo de argumentar y de actuar que solía ser condición de posibilidad de la acción y la argumentación, un modo que ahora pretendo recuperar ("cuando lo tocaron todos perdimos nuestra humanidad -tanto ellos como yo- ¿No es eso? Y morimos.") Este es el aspecto más doloroso del antifetichismo: siempre es una acusación. Algunas personas, o algunos pueblos, quedan expuestos a la acusación de haberse dejado engañar -o, peor aún, de haber permitido que se manipulara cínicamente a los ingenuos creyentes- por alguien que tiene garantías de poder escapar a esa ilusión y quiere liberar también a otros, sacándoles, bien de una cándida creencia, bien de un comportamiento propio de manipuladores. Sin embargo, si el antifetichismo es claramente una acusación, no es desde luego ninguna descripción de lo que en realidad les sucede a quienes creen o a quienes son víctimas de la manipulación. De hecho, como la iniciativa de Jagannath ilustra de tan hermosa manera, es el pensador crítico el que inventa la noción de creencia y la de manipulación, proyectando esa noción sobre un estado de cosas en el que el fetiche desempeña un papel completamente diferente. Jamás la tía o el sacerdote consideraron que el saligram fuera algo más que una simple piedra. Nunca. Al convertirlo en el poderoso objeto que los parias deben tocar, Jagannath no consigue sino transubstanciar la piedra en algo monstruoso -y transmutarse él mismo en un dios cruel- y que los parias queden metamorfoseados en "criaturas que reptan" y en meras "cosas". Al contrario de lo que los críticos imaginan siempre, lo que a los ojos de los "nativos" resulta horrible en la iniciativa del iconoclasta no es el gesto que amenaza con dar al traste con sus ídolos, sino la extravagante creencia que el iconoclasta les imputa. ¿Cómo ha podido rebajarse el iconoclasta hasta el punto de creer que nosotros, los nativos, somos capaces de albergar creencias tan ingenuas, o de prestarnos a tan cínicas manipulaciones, o aún de engañarnos tan estúpidamente? ¿Acaso somos animales? ¿Acaso somos monstruos? ¿Somos acaso simples cosas? Este es el origen de su vergüenza, equivocadamente considerada por el crítico como el horror que estos ingenuos creyentes deben experimentar al enfrentarse al acto profanador que expone, o eso cree el crítico, la vacuidad de su credo.
En realidad, el martillo golpea en ambas direcciones, descargando su furia sobre algo distinto a lo que el iconoclasta quisiera demoler. En vez de liberar a los parias de su abyecta condición, Jagannath destruye su propia humanidad, y la de su tía, junto con la humanidad de aquellos que él creía estar liberando. En cierta forma, la humanidad dependía de la incólume presencia de esa "simple piedra". La iconoclasia no destroza los ídolos, destruye un simple modo de razonar y de comportarse que ha sido condenado al anatema por los iconoclastas. El único que proyecta sus sentimientos sobre el ídolo es él mismo, el iconoclasta con su martillo, no aquellos que, con su gesto, deberían verse libres de sus ligaduras. El único que cree es él, el que combate todas las creencias. ¿Por qué? Porque él cree en la experiencia de la creencia, una extrañísima experiencia, de hecho, una experiencia que podría no existir en parte alguna como no fuera en la mente del iconoclasta.
Como vimos en el capítulo 5, la creencia, la creencia ingenua es el único medio que tiene el iconoclasta para entrar en contacto, violento, con los otros, exactamente igual que los epistemólogos, que no disponían de otro medio para contrastar las enfrentadas oposiciones entre Pasteur y Pouchet como no fuera el de afirmar que el segundo creía y que el primero sabía. Con todo, la creencia no es un estado sicológico, no es una forma de aprehender las proposiciones, sino una modalidad polémica de relación. Sólo cuando la estatua es golpeada por la violenta descarga del martillo del iconoclasta se convierte en un ídolo en potencia, ingenua y falsamente dotada de poderes que no posee; y la prueba es, para el crítico, que ahora yace hecha añicos y no ocurre nada. No ocurre nada excepto el indignado aturdimiento de quienes amaban la estatua, de quienes han sido expuestos a la acusación de haberse dejado engañar por su poder y que ahora permanecen ahí, de pie, "liberados" de su influencia, y sin embargo, como muestra la novela, lo que en realidad yace en ruinas en medio del profanado templo familiar es la propia humanidad del demoledor de iconos. "
B: Resumen de la crítica moderna.
C: Otra teoría de la acción y la creación.
C1: acción y dominio.
C2: una alternativa a las creencias.
C3: cuidado y cautela.