Cuatro versos de Safo rezan:
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Deduke men aé Selanna
kaí Pleíades; mesai dé
nuktes pará d'erchet' óra,
egôo dé móna kateudo.
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La luna se ha puesto
y la Pléyade, es medianoche,
las horas pasan
y yo duermo sola.
En Grecia, país con doscientas islas habitadas y unos diez mil kilómetros de costa, el sol, la luna y las estrellas no se ponen, se sumergen.
Selanna es ciertamente la luna, y la palabra no puede traducirse de otra forma. Pero para un griego, Selanna remite inmediatamente a sélas, luz: selanna es la luminosa, la luminaria. Pléiades es las Pléyades, las Numerosas. Para el francés medianamente culto, esta palabra hace referencia a un célebre grupo de poetas franceses del siglo XVI, y a una colección de libros de la editorial Gallimard. Pero para el campesino, el artesano y el marino de la Antigüedad griega (e incluso de la época reciente), esta palabra hace referencia a una nube de estrellas -a simple vista pueden distinguirse al menos siete- que un astrónomo actual denominaría globo celeste compuesto por varios millones de estrellas, magnífica constelación que forma parte de la más bella configuración del cielo nocturno, inmenso arco que abarca más de la mitad del cielo nocturno, inmenso arco que abarca más de la mitad del cielo, comenzando por las Pléyades, pasando por Orión y terminando en Sirio. Cuando finalizando el verano aparece Sirio, justo antes de la salida del sol, las Pléyades, pálidas, han atravesado el cenit en su marcha hacia occidente. En el momento en que habla Safo, las Pléyades se han sumergido, indicación precisa y preciosa sobre la que después volveré.
Mesai dé nuktes, palabra por palabra: las noches están en su mitad, es medianoche. En la mitad de esa noche, en esa medianoche, la luna y las Pléyades ya se habían sumergido. Supongamos por un momento que el final del poema pueda traducirse así:
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... la hora pasa,
y yo duermo sola
Leer un poema antiguo es recobrar un mundo ya perdido, mundo sepultado por la indiferencia de la "civilización" ante las cosas elementales y fundamentales. Es medianoche y la Luna ya se ha puesto. El hombre de hoy no sabe qué significa esto. No comprende que, dado que la Luna se ha puesto antes de medianoche, estamos entre la luna nueva y el cuarto creciente, que por tanto comienza un mes lunar (medido como los meses por todos los pueblos antiguos). Pero las Pléyades también se han puesto ya. La exactitud de los poetas antiguos se halla muy raramente en los modernos: a partir de esta indicación, incluso podría datarse la composición del poema.
Estamos en primavera, pues es en primavera -y en concreto al inicio de la misma- cuando las Pléyades se ponen antes de la medianoche; cuanto más avanza el año, más tarde se ponen. Safo está acostada y la óra pasa.
¿Qué es la hóra? El traductor verterá "naturalmente" hora, cuya raíz, vía latín, es la voz griega hóra. Pero, en griego, hóra significa también, desde Homero, estación y este sentido perdura en la época helenística y bizantina: ai hórai toû étous son las estaciones del año. También significa hora en el sentido habitual, pero no la de los relojes sino la hora en tanto que subdivisión de la jornada. Uno de los poemas más célebres que en las postrimerías de la Antigüedad se atribuía al poeta lírico Anacreonte, empieza así: "mesonuktiois poth'órais", en las horas de la mitad de la noche. Pero hóra es también el punto en que algo está en su mejor momento, cuando es verdaderamente bueno y bello, es, pues, para los seres humanos, el apogeo de la juventud. En El Banquete, cuando Alcibíades relata su intento de acostarse con Sócrates, levantándose al día siguiente sin haber sido molestado (katadartheis) por éste, cual si hubiera dormido con su padre o su hermano, aquél concluye: Sócrates es un hybristés, un hombre que insulta a los demás, hasta tal punto ha despreciado (katephronésen) mi hóra, ha desdeñado mi juventud, mi belleza, el hecho de que estoy maduro para ser cosechado cual un bello fruto de amor.
Finalmente, he de mencionar sólo la conjunción de dé, que significa tanto "y" como "pero". Aquí la elección es inevitable, y la traduciré simplemente por "y". ¿Qué dice, pues, Safo?
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La Luna y las Pléyades
se han sumergido, es
medianoche, estación, hora, juventud se van
y yo duermo sola.
En el Prometeo, Esquilo ofrece otro caso de polisemia indivisible. Cuando Prometeo, clavado en su roca, invoca como testigos de su injusto sufrimiento a su madre la Tierra, al éter divino, a las fuentes de los ríos y a los vientos, llama también a [...]
* Puedes continuar o leer este texto de Castoriadis en: Figuras de lo pensable. Cornelius Castoriadis. Ed. Cátedra 1999.
