¿Qué misterio?: materialidad operativa que conecta mundos
Algunos "matemáticos", "físicos", etc., siguen con el discurso de la fascinación sobre cómo funciona la ("misteriosa") (no)relación entre abstracción y mundo concreto.
Esto parece que tiene que ver con el miedo a considerarse uno -desde el principio- también como "materia".
Al parecer en los orígenes de la ciencia física (Serres: Lucrecio(Demócrito, Arquímedes...)) no figura ese verse como "mente aislada en una cuba".
Antes de trasladar aquí algunos trozos de texto de Serres que ahondan en esto, comento alguna cosa más por mi cuenta:
No sólo estamos hechos de átomos y diversos niveles de "emergencia". Además tenemos en nuestras manos, mediante esa especie de acumulación que se dice "la cultura", un modo de conectar nuestros procesos químico-físicos con el mundo(s) macroscópico(s), y con la ayuda de la colectivización o no-colectivización de muchos aparatos que nos permiten decir que las cosas hablan mediante nosotros, que, objetivamente, hay cosas y a muy diversos niveles.
Un último esfuerzo pues: ¡estamos en el mundo! A quien no se había enterado puede venirle bien el decirlo.
Hemos dicho demasiado rápido 'procesos químicos', sin explicar que esto conlleva mucha ambigüedad, una fantástica ambigüedad abierta a sorpresas sobre la cantidad de procesos que involucramos en esa relación entre mundos dispares, durante los milenios que llevamos practicando eso del hablar, escribir, mirar y construir aparatos, leer, etc.
Parece una tontería, pero esta sencilla observación abre un terreno gigantesco en lo que concierne a nuestro hablar sobre las ciencias, un hablar "antropológico" bastante lógico. Ver para introducirse en estas cosas estas referencias: Latour
He aquí los textos de Serres (En su texto sobre Lucrecio. ed. Pretextos) [y anotaciones entre corchetes, coloreadas, así]:
(p. 59:) "La moral es la física, el conocimiento exacto de las cosas naturales. No hay pues que sorprenderse de que en mitad del tratado de los átomos se inserte el tratado del alma. Su reducción a lo objetivo forma parte del sistema. Es mortal como todas las cosas y todos los mundos. Sin embargo, conoce, y esa es la cuestión: hay que reducir esta excepción. De ahí el libro sobre la percepción y los simulacros. Tipos, réplicas homólogas de los objetos sólidos, escamas, envolturas o pieles, ultraestructuras. La teoría del conocer es isomorfa con respecto a la teoría del ser. Es preciso demostrarlo."
[darse cuenta de la palabra: isomorfa. Las matemáticas vistas con teoría de categorías (la creación salvaje de conceptos relacionales que supone esta teoría de "fundamentos de las matemáticas", profundamente "relacional") ya proporcionan pistas y fertilizaciones en el desarrollo de esa unificación ser = conocer. Badiou, "meramente" con su trabajo en teoría de conjuntos ya decía "las matemáticas son la ontología". Ahora bien, las matemáticas categoriales objetivan matemáticamente la lógica; ahora sigue Serres]
(p. 166)
"Que las matemáticas puedan aplicarse a la física en general o a las llamadas ciencias naturales es algo que extraña al hombre práctico, a quien con frecuencia parece incomprensible el que las cosas sean comprensibles. ¿Cómo explicar esta aplicación? Es claro que funciona, pero, ¿por qué razón? Es una estupefacción incesante de la que Einstein fue portavoz. En este punto llegamos a una experiencia que puede considerarse crucial. Es un caso particular del problema más general de las palabras y las cosas, de la lengua y el sentido. También es el lugar en el que se decide la solución. El nominalismo no resiste la física.
Desde el principio del siglo XVII, cuando parecen formarse las que llamamos ciencias aplicadas, se difunde una teoría que encontramos en muchos autores sin que ninguno de ellos haya sido su única fuente, una teoría que pretende dar cuenta de una armonía que no es evidente de por sí. Es un discurso que hallamos en los textos de Leibniz, de Descartes, de Pascal, de Fontenelle y de muchos otros, y aún antes en el propio Galileo y quizás en muchos alquimistas. El mensaje que se difunde es que la naturaleza está escrita, y escrita en lenguaje matemático. Aquí, 'lenguaje' es una palabra ora demasiado fuerte, ora demasiado débil. Pues, de hecho, la matemática no es una lengua: la naturaleza está, más bien, codificada. Las invenciones del momento no son posibles porque se haya arrancado a la naturaleza su secreto lingüístico, sino porque se ha descubierto la cifra de una clave. La naturaleza está disimulada en cierta clave. Por ello, la matemática es un código, y como no es arbitraria, se trata más bien de una clave cifrada (nota 14 de Serres: podemos transformar un mensaje en un texto incomprensible -es decir, secreto- de dos maneras: bien mediante un sistema organizado, lógico, o bien mediante una clave arbitraria. En el primer caso, es posible hacerlo de nuevo legible, en el otro, a menos que se produzca un milagro, es preciso poseer la clave. El primero es un código, el segundo una clave cifrada. En este punto, las definiciones no siempre están fijadas con precisión). Pero como la invención o el descubrimiento consisten precisamente en esta idea, la naturaleza se oculta dos veces. Primero mediante una clave. Después mediante una astucia, un pudor o una sutileza que impide leer la clave incluso cuando el libro está abierto de par en par [tan abierto, diríamos exagerando ¡que nosotros estamos aquí, formamos parte de todo esto, somos "universo"!]. La naturaleza se disimula en una clave disimulada. La experiencia, la intervención, consisten precisamente en sacarla a la luz. Son literalmente simulaciones del disimulo. La experiencia no se diferencia demasiado de la prestidigitación. Así pues, la matemática no es una lengua sino, localmente, la clave de un logogrifo y, globalmente el código entero. La prueba de ello es que, como dice Leibniz, todo cálculo -sea aritmético o algebraico- no es más que un caso muy particular de la actividad de codificación.
Oculto no significa únicamente cerrado bajo llave en un lugar que está a buen recaudo de toda mirada o, al contrario, insólitamente expuesto, como en La carta robada de Edgar Allan Poe. A este primer sentido correspondería la metáfora del cierre y la apertura de las muñecas rusas o de la caja negra. Ahora bien, aquello que está totalmente abierto, que es completamente legible, pero que es innumerable hasta el punto de que para verlo o leerlo se precisaría un tiempo superior a la historia, eso está mejor escondido que un secreto oculto en el interior de una caja fuerte. Por ejemplo: los secretos de una sola obra se publican en un buen número de gruesos volúmenes. Insistiendo en este modelo llegamos enseguida a esos grandes números cuyo tratamiento puede exceder a la experiencia posible: en cuyo caso, lo que está escondido sigue escondido, pero no está disimulado en el sentido infantil al que nos hemos referido más arriba. Siempre es posible abrir una caja en ciertos momentos. En cambio, la experiencia configura, en el mar de los grandes números, una isla, un islote singular, un sistema cerrado: un fenómeno. Más que oculto, está perdido. Perdido como el paraíso o como una aguja en un pajar. Bajo el candado del secreto, el buen número está más perdido que escondido. Dios escondido, paraíso perdido. La carta robada es sólo un texto, la carta perdida es una letra del alfabeto.
Hay que describir los gestos y conductas de la práctica mediante una metodología sutil y general que comprenda las situaciones del juego. O bien el juego se celebra en un campo de posibilidades en donde ha de intervenir una decisión, y en este caso aparece la metafísica de Leibniz (el mundo se hace mientras Dios calcula, se construye por codificación: lo real se oculta entre los posibles y los posibles se esconden tras lo real). O bien el juego es como una estrategia en la que se enfrentan compañeros y adversarios y en la que se utilizan el engaño, la astucia y las relaciones de poder, y en tal caso estamos ante la metafísica de Descartes. Einstein lo resume en la situación experimental: Dios es sutil, pero no nos engaña. Lo mismo sucede en Pascal y en muchos otros. Son intentos de introducir en filosofía las condiciones de la experiencia. Es decir: los grandes números, el disimulo y la clave cifrada. Lo que se forma en términos generales en el siglo XVII no son tanto las ciencias aplicadas -la práctica de la exactitud y la precisión- como la filosofía general de la posibilidad. Ello hace comprensible que con Kant, en la clausura de la época clásica, el fenómeno salga a la luz y el noúmeno se desvanezca.
Si no estoy del todo equivocado al sostener que la ciencia aplicada, física o natural, está plenamente formada en el atomismo antiguo, no basta con haber descubierto su codificación matemática en la obra de Arquímedes o su fecundidad a lo largo de la historia. Serían precisas algunas aserciones generales que fundasen su posibilidad. Podemos encontrarlas, y su sentido no se aleja de lo que se vuelve común en los textos de la época clásica y en sus prácticas experimentales.
Como se sabe, los átomos son letras, o son como letras. Su encadenamiento constituye la textura de los cuerpos del mismo modo que las letras forman al enlazarse palabras, huecos en blanco, frases y textos. La antigua discusión acerca de si el número de los elementos originales es finito, infinito o indefinido se reproduce a propósito del alfabeto. El conjunto de las letras diferenciadas es finito pero sus combinaciones, contando con la omisión y la repetición, son infinitas en número. Puede sostenerse sin errar demasiado que, tanto para los átomos lingüísticos como para las letras de la materia, tal elemento situado en tal lugar al lado de tal otro no es el mismo cuando está situado en otro lugar y en otro contexto o en otra contextura. La analogía de comportamiento es perfecta. Es una metáfora y al mismo tiempo no lo es: las correspondencias y relaciones son exhaustivas. Proyectando esta metáfora en un tiempo evolutivo, se dirá que la teoría atómica fue producida por la invención de la escritura y de los alfabetos no ideográficos. Pero esto es otra manera de repetir la metáfora: la única diferencia es que, aquí, el transporte tiene lugar en el tiempo. Como si la cuestión del origen fuera una figura metafórica de modulo tiempo. Pero es posible otra hipótesis: todo el mundo sabe que los sistemas de numeración, especialmente entre los griegos pero también en el caso de los romanos, utilizaban las letras como cifras. En este caso la analogía aumenta. Las combinaciones literales no producen una buena configuración de cualquier modo. Una serie cualquiera de letras no forma necesariamente una palabra, una secuencia arbitraria de palabras no produce forzosamente una frase. Las disposiciones componen monstruos que son eliminados por las reglas de formación adecuada. Así pues, los átomos son letras.
La tierra, una vez formada, empieza a producir. Las matrices se activan desde el mismo suelo, fijadas por las raíces. Y nacen los monstruos. Tienen rasgos y miembros extraños. De una extrañeza siempre negativa. Por ..."
