turbulencias

Karl Polanyi


Uno de los personajes intelectuales digamos que más "fundamentales" del siglo XX. Muy recomendable para en cierto modo "ahorraros" leer-entender por ejemplo sin ir más lejos a Marx, que en cierto modo planteó "mal" sus análisis de "la economía" debido lógicamente a "su tiempo"... etc. (para empezar digamos que le "faltaba" la "antropología"... ).
Entre la maravillosa empresa y cantidad de personajes que ya hemos presentado en la página principal acerca de esa especie de filosofía/pensamiento ampliados que tienen lugar en esta especie de "new age" en que "malvivimos", esta persona debió ser una de las primeras que sistemáticamente estudia y habla de nuestro mundo a la luz de los miles de "descubrimientos" de la imprescindible "antropología" ((antes parece que también podíamos usar un sentido muy general de la palabra "sociología", ahora parece que no).

Quién mejor que Polanyi para hablar ya (que así empieza el cap. I de "el sustento del hombre") (Nota: nos resistimos al impulso de llenar todo este texto de letra negrita y colores):

I. La falacia económica.

Los esfuerzos para llegar a una visión más real del problema general planteado a nuestra generación por el sustento del hombre, se encuentran desde el principio frente a un tremendo obstáculo: un arraigado hábito de pensamiento propio de las condiciones de vida de ese tipo de economía que creó el siglo diecinueve en todas las sociedades industrializadas personificado en la mentalidad de mercado.
Nuestra tarea en este capítulo es indicar, de manera preliminar, las falacias a las que ha dado lugar dicha mentalidad de mercado y, de paso, exponer algunas de las razones por las que estas falacias han influido de manera tan perjudicial en el pensamiento de la gente.
En primer lugar definiremos la naturaleza de este anacronismo conceptual; luego describiremos el desarrollo institucional a partir del cual se originó y extendió su influencia a nuestra visión moral y filosófica. Seguiremos la influencia de esta actitud mental en los campos organizados del conocimiento, tales como la teoría económica, la historia económica, la antropología, la sociología, la psicología y la epistemología, que forman el conjunto de las ciencias sociales.
Dicho estudio no debe dejar lugar a dudas sobre el impacto del pensamiento económico en casi todos los aspectos de los problemas que afrontamos, especialmente en cuanto al carácter de las instituciones económicas, su política y principios, tal y como éstos se revelan en las formas de organización de los medios de subsistencia en el pasado.
Casi nunca es pertinente resumir la ilusión general de una época en términos de error lógico; aunque, conceptualmente, la falacia económica no puede describirse de otra manera. El error lógico fue algo común e inofensivo: un fenómeno específico se consideró idéntico a otro ya familiar. Es decir, el error estuvo en igualar la economía humana general con su forma de mercado (un error que puede haber sido facilitado por la ambigüedad básica del término 'económico', al que volveremos después). La falacia es evidente en sí misma: el aspecto físico de las necesidades del hombre forma parte de la condición humana; ninguna sociedad puede existir si no posee algún tipo substantivo de economía. Por otra parte, el mecanismo oferta-demanda-precio (al que popularmente se denomina 'mercado'), es una institución relativamente moderna con una estructura específica, que no resulta fácil de establecer ni de mantener. Reducir la esfera del género económico, específicamente, a los fenómenos del mercado es borrar de la escena la mayor parte de la historia del hombre. Por otro lado, ampliar el concepto de mercado a todos los fenómenos económicos es atribuir artificialmente a todas las cuestiones económicas las características peculiares que acompañan al fenómeno del mercado. Inevitablemente, esto perjudica la claridad de ideas.
Los pensadores realistas definieron en vano la diferencia entre economía general y sus formas de mercado; el Zeitgeist económico no tuvo en cuenta ni el tiempo ni las diferencias. Estos pensadores subrayaron el significado substantivo del término 'económico'. Identificaron la economía con la industria más que con los negocios; con la tecnología más que con el ceremonialismo; con los medios de producción más que con los títulos de propiedad; con el capital productivo más que con las finanzas; con los bienes de equipo más que con el capital; en resumen, con la substancia económica más que con la terminología y la forma de mercado. Pero las circunstancias pesaban más que la lógica, y la poderosa fuerza de la historia actuó para fundir dos conceptos dispares en uno solo.

1. La economía y el mercado

El concepto de economía nació con los fisiócratas franceses simultáneamente a la institución del mercado como mecanismo de oferta-demanda-precio. El fenómeno, desconocido hasta entonces, de una interdependencia de precios fluctuantes afectó a multitud de hombres. El naciente mundo de los precios fue resultado de la expansión del comercio -una institución mucho más antigua e independiente de los mercados- dentro de la articulación de la vida diaria.
Los precios existían antes, desde luego, pero de ningún modo constituían un sistema propio, dado que su esfera estaba restringida al comercio y las finanzas, ya que sólo los banqueros y comerciantes utilizaban el dinero regularmente, al ser la mayor parte de la economía rural y prácticamente sin ningún tipo de comercio, una diminuta cadena de bienes dentro de la vasta e inerte masa de la vida vecinal en el señorío o en las casas. Cierto que los mercados urbanos conocían el dinero y los precios, pero la base para controlar estos precios era mantenerlos estables. No fue su ocasional fluctuación, sino su predominante estabilidad lo que les convirtió en un factor cada vez más importante a la hora de determinar los beneficios del comerciante, ya que estos beneficios se derivaban más de las pequeñas fluctuaciones de precios estables entre puntos distantes que de las anómalas fluctuaciones en los mercados locales.
Pero la simple infiltración del comercio en la vida diaria no ha creado por sí misma una economía (en su sentido nuevo y específico), sino sólo un buen número de desarrollos institucionales posteriores. El primero de ellos fue la penetración del comercio exterior en los mercados, transformándolos gradualmente de mercados locales estrictamente controlados, en mercados formadores de precios con una fluctuación de precios más o menos libre. En el curso del tiempo, esto fue seguido por la revolucionaria innovación de mercados con precios fluctuantes para los factores de producción, trabajo y tierras. Este cambio fue el más radical de todos, por su naturaleza y consecuencias. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que los diferentes precios, que incluían ahora salarios, alimentos y renta, empezaran a mostrar una interdependencia poco notable, produciendo así las condiciones que hicieron al hombre aceptar la presencia de una realidad sustantiva desconocida hasta entonces. Este nuevo campo de experiencia era la economía, y su descubrimiento -una de las experiencias emocionales e intelectuales que formaron nuestro mundo moderno- llegó a los fisiócratas como una iluminación y les constituyó en una secta filosófica. Adam Smith conoció a través de ellos la "mano oculta", pero no siguió el camino místico de Quesnay. Mientras su maestro francés apenas vislumbró la interdependencia de algunas fuentes de ingresos, su aventajado alumno, que vivía en la menos feudal y más monetarizada economía inglesa, fue capaz de incluir salarios y renta en el grupo de "precios", atisbando por primera vez la visión de la riqueza de las naciones como una integración de las diversas manifestaciones de un sistema subyacente de mercado. Adam Smith se convirtió en el fundador de la economía política porque reconoció, aunque débilmente, la tendencia hacia la interdependencia de estos diferentes tipos de precios en la medida en que eran el resultado de mercados competitivos.
Aunque explicar la economía en términos de mercado fue originalmente una forma de sentido común de relacionar nuevos conceptos con nuevos hechos, puede que nos resulte difícil entender por qué se tardó varias generaciones en darse cuenta de que lo que Quesnay y Smith habían descubierto realmente era un campo de fenómenos esencialmente independientes de la institución de mercado que se manifestaba en esa época. Pero ni Quesnay ni Smith intentaron establecer la economía como un ámbito de la existencia social que trasciende el mercado, el dinero o los precios, y cuando lo hicieron fracasaron en el intento. Se inclinaron, no tanto hacia la universalidad de la economía como hacia el carácter específico del mercado. En realidad, la tradicional unidad de los asuntos humanos que aún conformaba su mentalidad, les hizo contrarios a la idea de una esfera económica separada de la sociedad, aunque ello no les impidió atribuir a la economía las características del mercado. Adam Smith introdujo los métodos de negocio en las cavernas del hombre primitivo, proyectando su famosa propensión al trueque, permuta e intercambio, hasta los jardines del Paraíso. El enfoque que dio Quesnay a la economía no fue menos cataláctico. La suya era la economía del produit net, una cantidad precisa en la contabilidad del terrateniente, pero un simple fantasma en el proceso entre el hombre y la naturaleza, del cual la economía es un aspecto. El supuesto excedente cuya creación él atribuía al suelo y a las fuerzas de la naturaleza no era más que una transferencia al "Orden de la Naturaleza" de la disparidad que se espera que muestre el precio de venta contra el de coste. La agricultura parecía ocupar el centro de la escena porque estaban en juego los ingresos de la clase dirigente feudal, pero después la idea de excedente apareció siempre en los escritos de los economistas clásicos. El produit net fue el padre de la plusvalía de Marx y sus derivados. Y así la economía se impregnó de una noción ajena al proceso total del cual forma parte, proceso que no conoce lo que es el coste ni el beneficio y que no es una cadena de acciones productoras de excedentes. Ni tampoco una serie de fuerzas fisiológicas y psicológicas dirigidas por la necesidad de asegurarse un excedente para sí mismas. Ni los lirios del campo, ni los pájaros que vuelan en el cielo, ni los hombres en las praderas, en los campos o en la fábrica -cuidando el ganado, recogiendo la cosecha, o poniendo piezas en una cinta transportadora- producen excedentes a partir de su propia existencia. El trabajo, como el descanso y el ocio, es una fase en el curso independiente del hombre a su paso por la vida. El montaje de la idea de excedente fue simplemente la proyección del modelo de mercado sobre un aspecto más amplio de la existencia: la economía.
Si desde el principio la falaz identificación de los "fenómenos económicos" con los "fenómenos de mercado" era comprensible, después se convirtió en casi una necesidad práctica de la nueva sociedad y de la forma de vida que nació con los dolores de la Revolución Industrial. El mecanismo oferta-demanda-precio, cuya primera aparición dio origen al concepto profético de "ley económica", se convirtió rápidamente en una de las fuerzas más poderosas que jamás haya penetrado en el panorama humano. Al cabo de una generación -es decir, de 1815 a 1845, la "Paz de los Treinta Años", como la llamó Harriet Martineau- el mercado formador de precios que anteriormente sólo existía como modelo en varios puertos comerciales y algunas bolsas, demostró su asombrosa capacidad para organizar a los seres humanos como si fueran simples cantidades de materias primas, y convertirlos, junto con la superficie de la madre tierra, que ahora podía ser comercializada, en unidades industriales bajo las órdenes de particulares especialmente interesados en comprar y vender para obtener beneficios. En un período extremadamente breve, la ficción mercantil aplicada al trabajo y a la tierra, transformó la esencia misma de la sociedad humana. Esta era la identificación de la economía y el mercado en la práctica. La esencial dependencia del hombre de la naturaleza y de sus iguales en cuanto a los medios de supervivencia se puso bajo el control de esa reciente creación institucional de poder superlativo, el mercado, que se desarrolló de la noche a la mañana a partir de un lento comienzo. Éste artilugio institucional, que llegó a ser la fuerza dominante de la economía -descrita ahora con justicia como economía de mercado-, dio luego origen a otro desarrollo aún más extremo, una sociedad entera embutida en el mecanismo de su propia economía: la sociedad de mercado.
Desde esta posición no es difícil discernir que lo que aquí hemos llamado falacia económica fue ante todo un error desde el punto de vista teórico. En la práctica, la economía consistía fundamentalmente en mercados, y el mercado envolvió a la sociedad.
Siguiendo esta posición debería quedar claro que la importancia de la perspectiva económica reside precisamente en su capacidad de generar una unidad de motivaciones y valoraciones que llevaría a cabo en la práctica lo preconizado como ideal, es decir, la identidad de mercado y sociedad. Porque sólo si se organiza un estilo de vida que cubra todos los aspectos relevantes, incluyendo las imágenes sobre el hombre y la naturaleza de la sociedad -una filosofía de la vida diaria que comprenda criterios de conducta razonables según el sentido común, una serie de riesgos sensatos, y una moralidad práctica-, se nos ofrecerá ese compendio de doctrinas prácticas y teóricas que por sí solas pueden crear una sociedad o, lo que es lo mismo, transformar una sociedad dad en el período de tiempo de una generación o dos. Y dicha transformación, para mejor o para peor, fue la que hicieron los pioneros de la economía. Es decir, la mentalidad mercantil contenía nada menos que la semilla de una cultura completa -con todas sus posibilidades y limitaciones-, y la imagen del hombre y de una sociedad, transformada en economía de mercado, surgió necesariamente de la estructura esencial de una comunidad humana organizada a través del mercado.

II. La transformación económica

Esta estructura representó una violenta ruptura con las condiciones precedentes. Lo que antes no fue más que una ligera expansión de mercados aislados, se transformó ahora en un sistema de mercado autorregulado.
El paso crucial fue que la tierra y el trabajo se convirtieron en mercancías, es decir, se trataron como si hubieran sido creados para la venta. Por supuesto que no eran realmente mercancías, ya que no habían sido producidas (como la tierra), y de ser así, no podían estar en venta (como el trabajo).
Sin embargo, jamás se concibió una ficción más efectiva en una sociedad, porque la tierra y el trabajo se compraban y vendían libremente, y se les aplicaba el mecanismo de mercado. Había oferta y demanda de trabajo; oferta y demanda de tierra. Por lo tanto había precios de mercado para utilizar la mano de obra, los salarios, y un precio de mercado para el uso de la tierra, la renta. El trabajo y la tierra eran ofrecidos en sus propios mercados, similares a los de las mismas mercancías que se producían con su intervención.
El verdadero alcance de este paso sólo se puede estimar si recordamos que el trabajo es otra forma de llamar al hombre, así como la tierra es sinónimo de naturaleza. La ficción mercantil puso el destino del hombre y de la naturaleza en manos de un autómata que controlaba sus circuitos y gobernaba según sus propias leyes. Este instrumento de bienestar material estaba controlado exclusivamente por los incentivos del hambre y las ganacias o, dicho con más exactitud, el temor a carecer de lo necesario en la vida, o la esperanza de obtener beneficios. Con tal de que los desposeídos pudieran satisfacer su necesidad de alimento vendiendo primero su trabajo en el mercado, y con tal de que los propietarios pudieran comprar al precio más barato y vender al más caro, el molino ciego producía cada vez más mercancías para beneficio de la raza humana. El temor al hambre del obrero y el deseo de ganancia del patrón mantenían el mecanismo continuamente en funcionamiento.
Esta práctica utilitaria tan poderosa, lamentablemente, deformó la comprensión del hombre occidental de sí mismo y de la sociedad.
En cuanto al hombre, tenemos que aceptar la idea de que sus móviles pueden considerarse "materiales" o "ideales", pero los incentivos sobre los que se organiza la vida diaria necesariamente nacen de las necesidades materiales. No es difícil ver que bajo tales circunstancias el mundo humano en general parece determinado por móviles materiales. Si, por ejemplo, se separa, cualquier móvil y se organiza la producción de manera tal que se haga de ese móvil el incentivo individual para producir, tendremos la imagen del hombre absorbido por ese móvil. Ese móvil puede ser religioso, político, amante de la estética, orgulloso, con prejuicios, o arrastrado por el amor o la envidia. Otros motivos, por el contrario, aparecerán distantes y en la sombra -ideales- puesto que no se puede esperar que afecten al negocio vital de la producción. El móvil seleccionado representará al hombre "real".
De hecho, los seres humanos trabajan por una gran variedad de razones en tanto que forman parte de un grupo social definido. Los monjes comerciaban por motivos religiosos, y los monasterios llegaron a ser los mayores establecimientos comerciales de Europa. El comercio kula de las islas Trobriand, uno de los más complicados sistemas de trueque conocidos por el hombre, tenía esencialmente un propósito estético. La economía feudal dependía en gran medida de la costumbre o la tradición. Para los kwakiutl, el principal fin de la industria parecía ser una cuestión de honor. Bajo el despotismo mercantil, la industria se planificaba a menudo para servir al poder y la gloria. Según esto, tendemos a pensar que los monjes, los melanesios occidentales, los aldeanos, los kwakiutls, o los hombres de Estado del siglo diecisiete, se guiaban respectivamente por la religión, la estética, la costumbre, el honor, o el poder político. La sociedad del siglo diecinueve estaba organizada de tal manera que hacía del hambre o del simple deseo de ganancia motivos suficientes para que el individuo participara en la vida económica. La imagen resultante de un hombre regido solamente por incentivos materialistas era totalmente arbitraria.
Por lo que respecta a la sociedad, la doctrina pareja fue que sus instituciones estaban "determinadas" por el sistema económico. El mecanismo de mercado creó para ello el espejismo del determinismo económico como si fuera una ley general para toda la sociedad humana. Bajo una economía de mercado, desde luego, esta ley resulta ser justa. En realidad, el funcionamiento del sistema económico aquí, no sólo "influye" en el resto de la sociedad, sino que lo determina, tal como en un triángulo los lados no solamente influyen sino que determinan los ángulos.
En la estratificación de clases, oferta y demanda en el mercado de trabajo eran idénticas a clases trabajadoras y empresarios respectivamente. La clase social de los capitalistas, terratenientes, arrendatarios, intermediarios, mercaderes y profesionales estaba delimitada por los mercados de tierras, dinero, capital, y sus usos o servicios respectivos. Los ingresos de estas clases sociales estaban fijados por el mercado, su ranto y posición por sus ingresos.
Mientras que las clases sociales estaban directamente determinadas por el mecanismo de mercado, otras instituciones resultaron afectadas indirectamente. El Estado y el gobierno, el matrimonio y crianza de los hijos, la organización de la ciencia, la educación, la religión y las artes, la elección de profesión, los tipos de vivienda, la forma de los asentamientos, la estética misma de la vida privada, todo tenía que concordar con el modelo utilitario, o al menos no interferir en el funcionamiento del mecanismo de mercado. Pero, puesto que muy pocas actividades humanas pueden realizarse sin nada -hasta un santo necesita su altar-, los efectos inmediatos del sistema de mercado llegaron casi a determinar por completo el conjunto de la sociedad. Fue casi imposible evitar la conclusión de que, así como el hombre "económico" era el hombre "real", el sistema económico era "realmente" la sociedad.

III. El racionalismo económico

A la vista de lo anterior, puede dar la impresión de que la "visión del mundo" económica contenía en sus dos postulados de racionalismo y atomismo todo lo que era necesario para sentar las bases de una sociedad de mercado. El término eficaz era racionalismo.
[...]


About me | Site Map | Política de privacidad | mail | 2005