turbulencias

Asociaciones frente a "Ser". Sociología de las asociaciones (no de lo social) y filosofía del Tener (no del Ser)

 

"Inventar la historia líquida y las edades de las aguas." Michel Serres (El nacimiento de la física en el texto de Lucrecio, p. 224. Ed. pretextos.)

Sobre Gabriel Tarde, ver también aquí en esta web:
- "Coordenando el espacio"

(Nota: este texto va a contener "traducida" (libremente) parte del capítulo VII del pequeño texto de Gabriel Tarde (1893) titulado "monadología y sociología". Enlace a la fuente en francés.)

Introduciendo:
Gabriel Tarde es un "sociólogo" francés que -como dice Latour- desafortunadamente perdió la batalla contra Durkheim y, con ello, la sociología durante el siglo XX ha pasado a sustituir a la política.
"Sociología de las asociaciones" de Tarde, frente a la "sociología de lo social" que ya debería estar dejando de "imperar" y de, por tanto, cortocircuitar en cierta medida la política.
Es por cierto esta una de las "revoluciones" del siglo XX: los así llamados estudios de la ciencia, teoría del actor-red, etc., así como -cómo no- varias cosas en las ciencias que tocan muy directamente a las "relaciones", etc.; una de las revoluciones además aliada con todo el debate sobre globalización, política, etc. y sobre cómo "hacer entrar las ciencias en democracia", como reza el subtítulo en un texto clarividente de Latour.

(Nota: usaré "Tener" para traducir "Avoir" cuando lo emplea G. Tarde en mayúscula. ("La filosofía del Haber/Tener frente a la del "Ser" ". También usaré unos pocos corchetes para comentar.)

Parte del texto del capítulo VII:

"En las dos secciones anteriores hemos mostrado que el punto de vista de la sociología universal [así llama a lo que sólo después de casi 100 años se empieza verdaderamente a aplicar] hace dos servicios importantes a la ciencia, librándola de las entidades huecas que son sugeridas por la relación mal entendida entre condiciones y resultado, y falsamente atribuidas a los agentes reales; en segundo lugar, del prejuicio de creer en la similitud perfecta de esos agentes elementales.

Pero éstas son dos ventajas puramente negativas, y voy a intentar hacer ver ahora qué enseñanzas positivas podemos obtener por el mismo método acerca de la naturaleza íntima de los elementos. No es suficiente decir que los elementos son diversos, hay que precisar en qué consiste tal diversidad. Esto exige ciertos desarrollos.

¿Qué es la sociedad? Bajo nuestro punto de vista se podría definir así: la posesión recíproca, bajo formas extremadamente variadas, de todos por cada uno. La posesión unilateral del esclavo por el maestro, de los hijos por el padre, o de la mujer por el marido... en el derecho antiguo no son más que un primer paso hacia el lazo social del que hablamos. Gracias a la creciente civilización, el poseído deviene más y más un poseedor, el poseedor poseído, hasta que por igualación de derechos, por la soberanía popular, el intercambio de servicios... el esclavismo antiguo lleva a cada ciudadano a ser a la vez amo y sirviente de todos los demás.
De la misma forma las maneras de poseer y ser poseído por los conciudadanos son cada vez más numerosas. Toda nueva función, industria, hace trabajar a los funcionarios o a las industrias nuevas en provecho de sus "administrados" o los nuevos consumidores, que en este sentido adquieren un derecho real sobre ellos, un derecho que no tenían antes, pues ellos mismos devienen respectivamente, inversamente, -por esta relación de doble cara- "la cosa" de tales industriales o funcionarios. Cuando unas vías ferroviarias permiten a un pequeño pueblo de la meseta aprovisionarse de pescado por primera vez, se crean tales tipos de dependencias. Si me abono a un periódico poseo mis periodistas que poseen sus abonados. Poseo mi gobierno, mi religión, mi fuerza pública, así como mi tipo específico de humano, mi temperamento, mi salud; pero sé también que los ministros de mi país, los sacerdotes o los policías me cuentan en la cifra del montón que "vigilan".

Toda la filosofía se ha fundado hasta aquí sobre el verbo "Ser", cuya definición parecía la piedra filosofal, que pedía ser descubierta. Y se puede decir que si la filosofía se hubiera fundado mejor en el verbo "Tener" [Avoir] , nos hubiéramos evitado muchos debates estériles. De aquí viene la negación de la realidad exterior, etc. Pero planteemos este postulado: "Yo tengo" como el hecho fundamental: lo tenido y lo que tienen son dados aquí a la vez y como inseparables.

Si el tener lleva hacia un ser, el ser ciertamente implica el tener. Esta abstracción hueca, el ser, no se concibe nunca más que como la propiedad de cualquier cosa, de un otro ser, él mismo compuesto de propiedades, y así indefinidamente. Pero en el fondo de la noción de ser está la noción de tener, y no al contrario: el ser no es todo lo que hay en la idea de propiedad.

La noción concreta, sustancial, que por tanto hemos descubierto es aquella. En vez del famoso cogito ergo sum, diríamos mejor: «Yo deseo, yo creo, luego yo tengo». El verbo Ser significa tanto tener como igualar. "Mi brazo está caliente", el calor de mi brazo es una propiedad de mi brazo. Aquí vemos cómo se puede y se debe decir "tiene". O en "un francés es un europeo, el metro es una medida de longitud", aquí se ha de decir "es igual", "igual", "proporciona", "da" (el metro da, proporciona una medida de longitud, "es igual", si tenemos "metro" tenemos igualmente "longitud").

Pero esta igualdad en sí misma no es más que la relación del continente a lo contenido, del género a la especie o al revés, esto es, una suerte de relación de posesión. Por tanto y por sus dos sentidos, el ser es reductible al tener. Si desarrollamos la noción de Ser, enseguida vemos que se pone en juego una esterilidad esencial, la que conduce a oponerla al no-ser, y a hacer jugar, a este "no-ser" (del que su objetividad es simplemente nuestra facultad de negar, como la objetividad del Ser es la de afirmar), un papel importante y falto de sentido. En vista de esto, el sistema hegeliano puede ser considerado como la última palabra de la filosofía del Ser. Después, nos veremos conducidos a forjar más nociones impenetrables y en el fondo contradictorias, del devenir y del desaparecer...

Por el contrario no hay nada más claro que las dos ideas de ganancia y pérdida, de adquisición y despojamiento que tienen lugar en lo que llamaré "filosofía del Tener", para dar nombre a algo que aún no existe. Ser o no ser, ahí no hay un "medio". El ser y el no ser, el yo y el no-yo [moi]: oposiciones infértiles que nos hacen olvidar las correlaciones. El verdadero opuesto del yo no es el no-yo, es lo mío [le mien]; el verdadero opuesto del ser, esto es, del que tiene, no es el no-ser, es lo que es poseído.

La profunda divergencia, que es acentuada todos los días, entre la corriente de la ciencia propiamente dicha y la de la filosofía, proviene de que la primera (para su bien) se guió por el verbo Tener. A sus ojos todo se explica por las propiedades antes que por las entidades. Ha desdeñado la relación decepcionante entre sustancia y fenómeno, dos términos vacíos donde el Ser se desdobla; ha hecho un uso moderado de la relación de causa-efecto, donde la posesión no se presenta más que bajo una de las dos formas, y la menos importante, la posesión por el deseo. Pero la ciencia también ha usado mucho tiempo, y ha abusado -desafortunadamente-, de la relación propiedad/propietario. El abuso ha consistido principalmente en haberlo comprendido mal, al no ver que la verdadera propiedad de un propietario cualquiera es un conjunto de otros propietarios; que cada masa, que cada molécula del sistema solar, por ejemplo, tiene por propiedad física ya no las "palabras" tales como la extensión, movimiento, etc., sino todas las otras masas, todas las otras moléculas; que cada átomo de una molécula tiene por propiedad química ya no las afinidades sino todos los otros átomos de la misma molécula; que cada célula de un organismo tiene como propiedad biológica no la irritabilidad, contractibilidad, inervación, etc., sino todas las otras células del mismo organismo y especialmente de su órgano.

Aquí, la posesión es recíproca, como en toda relación intra-social; pero puede ser unilateral, como en las relaciones extra-sociales del amo y del esclavo, del agricultor y su bestia. Por ejemplo, la retina tiene como propiedad no ya la visión sino los átomos etéreos que vibran luminosamente, que no la poseen; y el espíritu posee mentalmente todos los objetos de su pensamiento, a los cuales no pertenece en absoluto. ¿Quiere esto decir que estos términos abstractos, movilidad, densidad, peso, afinidad, etc., no explican nada ni corresponden a nada? Significa, yo creo, que más allá del dominio real de todo elemento, hay un dominio condicionalmente necesario, esto es, cierto pero no real, y que, en un sentido nuevo, esta distinción antigua de lo real y lo posible no es quimérica.

Los elementos son ciertamente tanto agentes como propietarios; pero pueden ser propietarios sin ser agentes, y no pueden ser agentes sin ser propietarios. Así, su acción no se nos revela más que como un cambio aportado a la naturaleza de su posesión. Si lo consideramos más de cerca, veremos que toda la superioridad del punto de vista científico sobre el punto de vista filosófico viene motivada por aquella afortunada elección de la relación fundamental adoptada por sus sabios, y, además, que todas las oscuridades, todo lo no válido en ciencia le llega a ésta por un análisis incompleto de esta relación.
Tras miles de años se han catalogado las diversas maneras de ser, los diversos grados de ser, y nunca se tuvo la idea de clasificar las diversas especies o grados de posesión. La posesión es por tanto el hecho universal, y no hay mejor término que este de la adquisición para explicar la formación o el crecimiento de un ser cualquiera. Los términos de correspondencia y adaptación, puestos de moda por Darwin y Spencer, son más vagos, más equívocos, y no capturan el hecho universal más que exteriormente.
¿Es cierto que el ala del pájaro se adapta al aire, las aletas de los peces al agua, el ojo a la luz? No, no más que lo hace la locomotora al carbón o la máquina de coser al hilo de la costurera. ¿Diríamos también que los nervios vasoconstrictores, ingenioso mecanismo por el que se mantiene el equilibrio interior de la temperatura del cuerpo pese a las variaciones de la temperatura exterior, están adaptados a estas variaciones? ¡Singular manera esta de adaptarse, yendo en contra!
La locomotora está adaptada, si se quiere, a la locomoción terrestre, y el ala a la aérea, y esto quiere decir que el ala utiliza el aire para moverse, como la locomotora el carbón, como la aleta usa el agua. Este empleo ¿no es una toma de posesión? Todo ser quiere, no ya hacerse apropiado a los seres externos, sino apropiarse de ellos. Adherencia atómica o molecular en el mundo físico, nutrición en el viviente, percepción en el intelectual, derecho en el social..., la posesión, en formas innumerables, no cesa de extenderse entre los seres, por un entrecruzamiento de dominios variados, más y más sutiles.

Variable en sus formas múltiples, también lo es en sus infinitos grados.

Las estrellas, por ejemplo, se entre-tienen(poseen) con una intensidad que crece o decrece en razón inversa al cuadrado de la distancia entre ellas. La vitalidad de los organismos, esto es, la solidaridad íntima de sus partes, continuamente aumenta o disminuye. Del sueño profundo a la claridad de espíritu más perfecta, el pensamiento recorre una extensa gama que manifiesta el crecimiento de ese imperio tan especial que tiene sobre el mundo.

Cuando se reestablece la seguridad en un país revuelto, cada ciudadano ¿no se siente más amo de sus compatriotas de los cuales tiene el derecho de adquirir servicios, no se siente más provisto que antes de su ayuda legítima?

Cualquiera que sea la forma de la posesión, física, química, vital, mental, social (sin hablar de las subdivisiones de las que son susceptibles cada una), debemos distinguir si es unilateral o recíproca, y, en segundo lugar, si se establece entre un elemento y otro o varios diferentes elementos considerados individualmente, o entre un elemento y un grupo indistinto de otros elementos. Comencemos por decir algo sobre esta última distinción.

Cuando entro en comunicación verbal con uno o más de mis semejantes, nuestras mónadas respectivas, según mi punto de vista, se capturan recíprocamente; es cierto que esta relación es la relación de un elemento social con los elementos sociales tomados como distintos. Al contrario, cuando veo, escucho, la naturaleza ambiente, aguas, planetas, cada uno de los objetos de mi pensamiento es un mundo herméticamente cerrado de elementos que se conocen, sin duda, o se capturan entre ellos íntimamente, como los miembros de un grupo social, pero que no se dejan abrazar por mí más que en bloque y desde fuera. Todo lo que el químico puede hacer es conjeturar sobre el átomo, con la certeza de no poder llevar a cabo una acción individual sobre él. La materia como él la comprende, como él la emplea, es un polvo compacto de distintos átomos en los cuales la distinción desaparece por la enormidad de los números que se ven involucrados y por la continuidad ilusoria de sus actos. En el mundo vivo, pero inanimado (diré inanimado "en apariencia"), nuestra mónada ¿no encuentra un fantasma algo menos confuso? Lo parece.

Debemos ir al mundo social para ver las mónadas capturarse a flor de piel por la intimidad en sus caracteres transitorios plenamente desplegados uno delante de otro, en el otro, el uno por el otro. Esta es la relación por excelencia, la posesión típica de la que el resto no es más que un boceto o un reflejo. Por la persuasión, por el amor y el odio, el prestigio personal, por la comunidad de las creencias y las voluntades, por la cadena mutua del contrato, esa suerte de red tupida que se extiende y recrea sin cesar, los elementos sociales se tienen y se estiran de mil maneras, y de su concurso surgen las maravillas de la civilización. Las maravillas de la organización y de la vida ¿no nacen entonces por una acción paralela, de elemento vital a elemento vital, sin duda: de átomo a átomo?
Así me inclino a pensar por razones que sería muy largo explicar aquí.

¿No serían entonces lo mismo las creaciones químicas, las formaciones astronómicas?

La atracción newtoniana se ejerce seguro de átomo a átomo, ya que las más complejas operaciones químicas en nada la alteran. Si es así, la acción posesiva mónada a mónada, de elemento a elemento, será la única relación verdaderamente fecunda. En cuanto a la acción de una mónada o de un elemento sobre un grupo confuso de mónadas o de elementos sin discernir, o al revés, no será más que una perturbación accidental de esas bellas obras que "consumen" los elementos [belles oeuvres accomplies par le duel ou l'hymen des éléments]. Esta última relación es creadora, la otra destructura, pero las dos son necesarias.

La posesión unilateral y la recíproca no son menos necesarias en su unión. Pero la segunda es superior a la primera. Es ella la que explica la formación de bellos mecanismos celestes donde, en virtud de la mutua atracción, cada punto es un centro. Es ella la que explica la creación de esos organismos admirables de vivientes en los cuales todas sus partes son solidarias, o todo es a la vez medio y fin. Por ella, se explica, en definifiva, en las ciudades libres de la antigüedad y en los estados modernos, la mutualidad de los servicios o la igualdad de los derechos por los que operan los prodigios de nuestras artes, industrias o ciencias.

Observemos que si los seres organizados fueran el resultado de la fabricación de un solo ser o de la diferenciación regular de una misma sustancia homogénea, la sorprendente facilidad que tenemos de mirar las partes de tales seres como hechos por el todo o el todo como hecho por las partes, quedaría sin explicación posible. Los seres, o más bien los objetos fabricados deberán ser en relación al ser que los fabrica lo mismo que son para nosotros nuestros muebles o herramientas, medios que no se sabría ver -mediante ningún juego sofístico- como fines relativos a nuestros actos.

En cuanto a la sustancia única que se juzga creadora de los seres particulares por escisión espontánea de sí misma, no se vería por qué será tal que -si no portaba en ella una meta- su estado primitivo era de indiferenciación; ni, en segundo lugar, por qué, antes de toda diferenciación, sola en el mundo, se ha visto desviada de alcanzar su meta en lugar de ir todo recto, empleando los medios en lugar de aprehender directamente el fin, y cómo es que prefiere los tortuosos caminos de la evolución al camino fácil y corto de la actuación inmediata. "

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Además, si pasamos sobre estas dificultades insuperables, no encontramos nada que responder a esta última cuestión: ¿cómo

Puis, si l'on passe sur ces difficultés insurmontables, on ne trouve rien à
répondre à cette dernière question : comment, ayant résolu d'évoluer, de biaiser
pour atteindre son but ou ses buts, cette substance unique a-t-elle pu
vouloir ceci pour cela et en même temps cela pour ceci, autrement dit neutraliser
ses volitions les unes par les autres, ce qui revient à n'avoir pas de
volonté du tout, et ce qui, par suite, nous le répétons, rend sa différenciation
incompréhensible ?


Au contraire, dans l'hypothèse des monades, tout coule de source. Chacune
d'elles tire le monde à soi, ce qui est se mieux saisir elle-même. Elles font
bien partie les unes des autres, mais elles peuvent s'appartenir plus ou moins,
et chacune d'elles aspire au plus haut degré de possession ; de là leur concentration
graduelle ; en outre elles peuvent s'appartenir de mille manières différentes,
et chacune d'elles aspire à connaître de nouvelles manières de s'approprier
ses pareilles. De là leurs transformations. C'est pour conquérir qu'elles se
transforment ; mais, comme elles ne se soumettent jamais à l'une d'entre elles
que par intérêt, le rêve ambitieux d'aucune d'elles ne s'accomplit en entier, et
les monades vassales emploient la monade suzeraine pendant que celles-ci les
utilise.

Le caractère bizarre et grimaçant de la réalité, visiblement déchirée de
guerres intestines suivies de boiteuses transactions, suppose la multiplicité des
agents du monde. Leur multiplicité atteste leur diversité, qui peut seule lui
donner une raison d'être. Nés divers, ils tendent à se diversifier, c'est leur
nature qui l'exige ; d'autre part, leur diversité tient à ce qu'ils sont, non des
unités, mais des totalités spéciales.

Il me semble aussi qu'on rendrait compte de bien des énigmes indéchiffrables
en imaginant que la spécialité de chacun des éléments, véritable milieu
universel, est d'être non seulement une totalité, mais une virtualité d'un certain
genre, et d'incarner en lui une idée cosmique toujours appelée, mais rarement
destinée, à se réaliser effectivement. Ce serait en quelque sorte loger les idées
de Platon dans les atomes d'Épicure, ou plutôt d'Empédocle, puisque, à en
croire Zeller, ce dernier philosophe professait, paraît-il, comme Leibniz, la
diversité élémentaire. Il est bon, à l'occasion, de pouvoir s'abriter derrière
quelque ancêtre grec.

Deux points sont évidemment défectueux dans les théories transformistes
qui ont cours. En conflit avec la force qui tend à conserver les types vivants,
elles imaginent une force diversifiante, qu'elles ne savent où placer. En
général elles la dispersent au dehors, dans les accidents de climat, de milieu,
d'alimentation, de croisement, et refusent de reconnaître au sein des organismes
une cause interne de diversité. En second lieu, soit projetées du dedans,
soit provoquées par l'extérieur, les variations spécifiques, les facteurs du
système darwinien, sont des divergences sans but, des rébellions sans programme,
des fantaisies désordonnées. Ne voyons-nous pas cependant, sous un
gouvernement assis et d'un type, net, la stérilité essentielle, la mutuelle neutralisation
des oppositions que n'enflamme aucun idéal politique propre, aucun
rêve de palingénésie sociale ? On ne conçoit ni le triomphe de telles folies
dans un corps vivant, ni leur emploi possible ; et leurs durées elles-mêmes,
supposées élevées à leur maximum admissible astronomiquement, sont
insuffisantes pour rendre le moins du monde probable l'accord fortuit, en un
nouvel équilibre vital, de ces ruptures d'équilibre, la fabrication d'un ordre
nouveau avec ces désordres accumulés. Mais, dans notre hypothèse, la force
diversifiante des types, aussi bien que leur force conservatrice, a un appui
saisissable, intérieur à l'organisme, et elle a un sens. Il faut voir dans toute
modification spontanée, même la plus fugace, d'une espèce vivante, la visée
d'une autre espèce, qu'elle atteindrait à la condition de s'exagérer suffisamment.
Parmi les variations, en effet, gardons-nous de confondre celles qui sont
produites accidentellement, du dehors, par caprice, et celles qui sont dues à la
lutte établie, au sein de chaque organisme ou de chaque état, entre l'idéal
triomphant qui le constitue, et les idéaux comprimés, étouffés, aspirant à éclore,
qui regimbent sous son joug. Les premières sont le plus souvent neutralisées,
les secondes seules d'ordinaire portent leur fruit. Tous les historiens,
sciemment ou à leur insu, font cette distinction. À côté de gros faits qu'ils
racontent souvent pour l'acquit de leur conscience, ils mettent en relief avec
un soin spécial les moindres réformes, les moindres discussions à peine
aperçues des contemporains, qui attestent l'apparition de nouvelles idées religieuses
ou politiques. Par exemple, les lents empiétements de la puissance
royale sur la féodalité, les tiraillements des parlements et des rois, des communes
et des seigneurs. Tel acte obscur de Philippe le Bel, où se marque une
orientation nette vers la lointaine centralisation administrative de la France
actuelle, a plus de prix pour son historien que l'affaire des templiers. Une
constitution sociale a beau être mauvaise, elle dure jusqu'à ce qu'une autre soit
conçue. Un système philosophique régnant a beau être faux, il se maintient
malgré les critiques jusqu'au jour où une théorie nouvelle vient le détrôner.

VIII
Retour à la table des matières
Puisque l'être c'est l'avoir, il s'ensuit que toute chose doit être avide. Or,
s'il y a un fait qui aurait dû frapper tous les yeux, c'est bien l'avidité, l'ambition
immense qui d'un bout du monde à l'autre, de l'atome vibrant ou de l'animalcule
prolifique au roi conquérant, remplit et meut tous les êtres. Toute possibilité
tend à se réaliser, toute réalité tend à s'universaliser. Toute possibilité
tend à se réaliser, à se caractériser nettement : de là ce débordement de variations
par-dessus et à travers tous les thèmes vivants physiques et sociaux.
Toute réalité, tout caractère une fois formé tend à s'universaliser. Voilà pourquoi
la lumière et la chaleur rayonnent et l'électricité se propage avec la
rapidité que l'on sait, et la moindre vibration atomique aspire à remplir d'elle
seule l'éther infini, proie que toutes les autres lui disputent. Voilà pourquoi
toute espèce, toute race vivante à peine formée, se multipliant suivant une
progression géométrique, couvrirait bientôt le globe entier, si elle ne se heurtait
aux fécondités concurrentes, et non seulement les espèces et les races,
mais les moindres particularités un peu nettes, mais les maladies même de
chacune d'elles, ce qui exclut l'explication téléologique de la fécondité faussement
considérée comme moyen en vue de la conservation des types. Voilà
pourquoi enfin une oeuvre sociale quelconque ayant un caractère à soi plus ou
moins marqué, un produit industriel, un vers, une formule, une idée politique
ou autre apparue un jour quelque part dans le coin d'un cerveau, rêve comme
Alexandre la conquête du monde, cherche à se projeter par milliers et millions
d'exemplaires partout où il y a des hommes, et ne s'arrête dans ce chemin que
refoulée par le choc de sa rivale non moins ambitieuse. Les trois principales
formes de la répétition universelle, l'ondulation, la génération, l'imitation, je
l'ai dit ailleurs, sont autant de procédés de gouvernement et d'instruments de
conquête qui donnent lieu à ces trois sortes d'invasion physique, vitale,
sociale : le rayonnement vibratoire, l'expansion génératrice, la contagion de
l'exemple.
L'enfant naît despote : autrui pour lui, comme pour les rois nègres, n'existe
que pour le servir. Il faut des années de châtiment et de compression scolaire
Gabriel Tarde (1893), Monadologie et sociologie 51
pour le guérir de cette erreur. On peut dire que toutes les lois et toutes les
règles, la discipline chimique, la discipline vitale, la discipline sociale, sont
autant de freins surajoutés et destinés à contenir cet appétit omnivore de tout
être. En général nous en avons peu conscience, nous, hommes civilisés, tyrannisés
dès notre maillot. Écrasée dans l'oeuf, notre ambition avorte, mais combien
faut-il qu'elle soit profonde pour qu'à la moindre fissure de nos digues
habituelles, et malgré tant de siècles de compression héréditaire, elle éclate
encore ça et là dans l'histoire en saillies telles que César ou Napoléon ler !
Se heurter à sa limite, à son impuissance constatée : quel choc affreux
pour tout homme et, avant tout, quelle surprise ! Il y a, certes, dans cette prétention
universelle de l'infiniment petit à l'infiniment grand, et dans le choc
universel et éternel qui en résulte, de quoi justifier le pessimisme. Pour un
développement unique, des milliards d'avortements ! Notre notion de la
matière traduit bien ce caractère essentiellement contrariant du monde qui
nous environne. Les psychologues ont dit vrai, plus vrai qu'ils ne supposaient ;
la réalité extérieure n'est pour nous que par la propriété qu'elle a de nous
résister, résistance non seulement tactile d'ailleurs, par sa solidité, mais visuelle
par son opacité, mais volontaire par son indocilité à nos voeux, mais intellectuelle
par son impénétrabilité à notre pensée. Quand on dit que la matière
est solide, c'est comme si l'on disait qu'elle est indocile ; c'est un rapport d'elle
à nous et non d'elle à elle, malgré l'illusion contraire, que nous spécifions de
la sorte, aussi bien par le premier attribut que par le second.
Y a-t-il à espérer de l'avenir un remède à cet état de chose ? Non, si nous
en croyons les inductions que nous suggère l'exemple de nos sociétés ;
l'inégalité s'accroîtra de plus en plus entre les vainqueurs et les vaincus du
monde. La victoire des uns et la défaite des autres deviendront chaque jour
plus complètes. En effet, une des marques les plus certaines du progrès de la
civilisation chez un peuple est que les grandes renommées, les grandes entreprises
militaires ou industrielles, les grandes réformes, les réorganisations
radicales y deviennent possibles. Autrement dit, le progrès de la civilisation,
par la suppression des patois et la diffusion d'une seule langue, par l'effacement
des coutumes distinctes et l'établissement d'un même code, par l'alimentation
uniforme des esprits au moyen des journaux plus recherchés que les
livres, et par mille autres traits, consiste à faciliter la réalisation de plus en
plus intégrale, de moins en moins mutilée, d'un plan individuel unique par la
masse entière de la nation. En sorte que des milliers de plans différents qui, à
une phase moins avancée, auraient reçu, concurremment avec l'élu, un commencement
d'exécution, sont voués par là à un étouffement fatal. « À mesure,
dit très bien Stuart Mill (Économie politique), à mesure que les hommes
perdent les qualités du sauvage, ils deviennent plus disciplinables, plus
Gabriel Tarde (1893), Monadologie et sociologie 52
capables d'exécuter des plans concertés d'avance, et sur lesquels ils n'ont pas
été consultés, ou de subordonner leurs caprices individuels à une détermination
préconçue, et de faire séparément la portion qui leur a été assignée dans
un travail combiné. »
À la longue, après des siècles et des siècles, on voit où la suite d'un tel
progrès doit conduire les nations : à un degré de splendeur froide, de pure
régularité qui aura quelque chose de minéral et de cristallin, et contrastera
singulièrement avec la grâce bizarre, avec la complexité toute vivante de leurs
débuts.
Quoiqu'il en soit d'ailleurs, et à nous en tenir aux faits positifs, la formation
de toute chose par propagation à partir d'un point n'est pas douteuse, et
nous y puisons le droit d'admettre des éléments-chefs. M'objectera-t-on la
difficulté de découvrir, parmi le peuple des sujets d'un de ces États stellaires
ou moléculaires, organiques ou urbains que j'imagine, le maître réel, le
fondateur, centre et foyer de ces sphères et de ces rayonnements d'actions
similaires harmonieusement répétées et réglées. C'est qu'en réalité il s'agit ici
de centres et de foyers infiniment multiples, à des points de vue et à des
degrés différents. Pour ne nous attacher qu'aux plus éminents, il existe encore,
dirions-nous, au sein du soleil, l'atome conquérant qui, par son action individuelle
étendue par degrés à toute la nébuleuse primordiale, a rompu l'heureux
équilibre dont celle-ci, nous assure-t-on, jouissait. Peu à peu, son influence
attractive a fait une masse, tandis que, à l'entour de lui, d'autres atomes,
des vassaux couronnés, groupaient séparément à son exemple quelques
fractions de son vaste empire et arrondissaient les diverses planètes. Et, depuis
cette première naissance des temps, ces atomes triomphants, imités par leurs
esclaves attractifs eux-mêmes, ont-ils cessé un instant d'attirer et de vibrer ?
Pour s'être répandu contagieusement dans l'espace illimité, leur pouvoir de
condensation a-t-il diminué ? Non, ses imitateurs ne sont pas ses rivaux seulement,
mais ses collaborateurs.
Quels prodigieux conquérants aussi, que les germes infinitésimaux, qui
parviennent à soumettre à leur empire une masse des millions de fois supérieure
à leur exiguïté ! Quel trésor d'admirables inventions, de recettes ingénieuses
pour exploiter et conduire autrui, émane de ces microscopiques cellules,
dont le génie et la petitesse devraient également nous confondre !
Mais quand je parle de conquête et d'ambition à propos des sociétés
cellulaires, c'est plutôt de propagande et de dévouement que je devrais parler.
Sans doute, tout ceci est métaphorique, mais encore faut-il bien choisir les
termes de ses comparaisons ; et le lecteur voudra bien ne pas oublier non plus
Gabriel Tarde (1893), Monadologie et sociologie 53
que, si la croyance et le désir, dans le sens pur et abstrait où j'entends ces deux
grandes forces, ces deux seules quantités de l'âme, ont l'universalité que je
leur attribue, je fais à peine une métaphore en appelant idée l'application de la
force-croyance à des marques qualitatives internes sans nul rapport pourtant
avec nos sensations et nos images - en appelant dessein, l'application de la
force-désir à l'une de ces quasi-idées - en appelant propagande la communication
d'élément à élément, non pas verbale assurément, mais spécifiquement
inconnue, du quasi-dessein formé par un élément initiateur, - en appelant
conversion la transformation interne d'un élément dans lequel entre, à la place
de son quasi-dessein propre, celui d'autrui, etc. Sous le bénéfice de cette
remarque, poursuivons.
Quand un empire veut s'étendre, il envoie, sur un seul point du globe et
non sur un grand nombre de points à la fois, distants les uns des autres, non
pas un seul homme mais une armée nombreuse qui, après avoir conquis ce
point, tourne ailleurs ses ravages. Quand le chef d'une religion songe à la
répandre, il envoie à tous les points cardinaux, partout où il peut atteindre, des
missionnaires isolés, dispersés, chargés d'annoncer la bonne nouvelle et de
gagner les âmes par la persuasion. Or, je constate que, en cela, les procédés
par lesquels s'opère la propagation des êtres vivants ressemblent à une propagande
apostolique bien plutôt qu'à une annexion militaire. Et si l'on rapproche
cette similitude de cent autres, si l'on observe que chaque espèce vivante,
comme chaque église ou communauté religieuse, est un monde fermé aux
groupes rivaux, et cependant hospitalier, avide de nouvelles recrues, - un
monde énigmatique et indéchiffrable du dehors, où l'on se passe des mots
d'ordre mystérieux, connus des seuls fidèles, - un monde conservateur où l'on
se conforme scrupuleusement et indéfiniment, avec une admirable abnégation,
aux rites traditionnels, - un monde très hiérarchisé où néanmoins l'inégalité ne
paraît point soulever de révoltes - un monde à la fois très actif et très réglé,
très tenace et très souple, habile à se plier aux circonstances nouvelles et
persévérant dans ses vues séculaires ; on se convaincra que je n'abuse point
des libertés de l'analogie en assimilant les phénomènes biologiques aux manifestations
religieuses de nos sociétés plutôt qu'à leur aspect guerrier,
industriel, scientifique ou artistique.
Sous certains rapports, une armée paraît ressembler aussi exactement
qu'un couvent à un organisme. Même discipline, même subordination rigoureuse,
même puissance de l'esprit de corps, dans un organisme et dans un régiment.
Le mode de nutrition (c'est-à-dire de recrutement) est aussi le même,
par intussusception, par incorporation de recrues périodiques, par remplissage
de cadres jusqu'à une certaine limite qu'on ne franchit point. Mais, sous
d'autres rapports non moins importants, la différence est notable : l'enrégiGabriel
Tarde (1893), Monadologie et sociologie 54
mentation transforme et régénère moins le conscrit que l'assimilation vitale la
cellule alimentaire, ou la conversion religieuse le néophyte. L'éducation militaire
ne pénètre point jusqu'au fond du coeur. De là la moindre ténacité, la
moindre durée des organisations militaires. Leurs transformations, même chez
les barbares, sont assez brusques et fréquentes, à moins que leur état ne soit
tout à fait rudimentaire, et dans ce cas leur incohérence défend de les
comparer aux êtres vivants, même les plus simples. Enfin, quand une armée
s'augmente, quand un régiment se reproduit, cette reproduction ne s'opère jamais,
comme celle des vivants, par l'émission d'un élément unique autour
duquel des éléments étrangers viennent se grouper. C'est seulement par scissiparité
qu'un régiment se reproduit ; un soldat ou un officier unique, chargé
tout seul, par hypothèse, de former un corps de troupes dans un pays étranger,
serait dans l'impuissance absolue d'y constituer un peloton de quatre hommes
dont il serait le caporal.
Par ces caractères différentiels, la vie nous apparaît donc comme une
chose respectable et sacrée, comme une grande et généreuse entreprise de
salut, de rédemption des éléments enchaînés dans les liens étroits de la
chimie ; et c'est assurément méconnaître sa nature que de considérer son évolution,
avec Darwin, comme une suite d'opérations militaires où la destruction
est toujours la compagne et la condition de la victoire. Ce grand préjugé
régnant semble confirmé par le spectacle affligeant des vivants qui s'entredévorent
; à voir la griffe d'un chat s'abattre sur une niche d'oiseaux, le coeur
se serre et se prend à maudire l'égoïsme et la cruauté de la vie. Elle n'est
cependant ni égoïste ni cruelle, et, avant de l'accuser ainsi, nous devrions nous
demander s'il n'est pas possible d'interpréter ses actions les plus repoussantes
d'une manière propre à concilier cette horreur avec l'admiration que la beauté
de ses oeuvres nous force à ressentir. Rien de plus facile au point de vue de
notre hypothèse. Quand un être vivant en détruit un autre pour le manger, les
éléments qui composent l'être destructeur se proposent peut-être de rendre aux
éléments de l'être détruit le même genre de service que les fidèles d'une
religion croient rendre aux sectateurs d'un autre culte en brisant leurs temples,
leurs institutions cléricales, leurs liens religieux, et s'efforçant de les convertir
à la « vraie foi ». Ce qui est détruit ici, c'est l'extérieur des êtres, des éléments
doués de foi et d'amour, mais ceux-ci ne sont point immolés. En général, il
faut le reconnaître, c'est la vie supérieure qui absorbe et assimile la vie inférieure,
de même que ce sont les grandes et hautes religions, christianisme,
islamisme, bouddhisme, qui convertissent les fétichistes et non vice versa.
La vie ainsi conçue, ai-je besoin de dire comment on peut concevoir la
conscience et la mort ? J'appelle conscience, âme, esprit, le triomphe passager
d'un élément éternel, qui sorti, par une faveur exceptionnelle, de l'infinitésimal
Gabriel Tarde (1893), Monadologie et sociologie 55
obscur pour dominer un peuple de frères devenus ses sujets, les soumet
quelque temps à sa loi transmise par ses prédécesseurs et légèrement modifiée
par lui, ou marquée à son sceau royal ; et j'appelle mort le détrônement graduel
ou subit, l'abdication volontaire ou forcée de ce conquérant spirituel qui,
dépouillé de tous ses États, comme Darius après Arbelles et Napoléon après
Waterloo, ou comme Charles Quint à Saint-Just et Dioclétien à Thessalonique,
mais bien plus complètement encore remis à nu, rentre dans l'infinitésimal
d'où il est parti, dans l'infinitésimal natal, regretté peut-être, à coup sûr non
invariable, et, qui sait ? non inconscient.
Ne disons donc ni l'autre vie ni le néant, disons la non-vie, sans rien préjuger.
La non-vie, pas plus que le non-moi, n'est nécessairement le non-être ; et
les arguments de certains philosophes contre la possibilité de l'existence après
la mort ne portent pas plus que ceux des sceptiques idéalistes contre la réalité
du monde extérieur. - Que la vie soit préférable à la non-vie, rien, non plus, de
moins démontré. Peut-être la vie est-elle seulement un temps d'épreuves, d'exercices
scolaires et douloureux imposés aux monades qui, au sortir de cette
dure et mystique école, se trouvent purgées de leur besoin antérieur de domination
universelle. Je me persuade que peu d'entre elles, une fois déchues du
trône cérébral, aspirent à y remonter. Rendues à leur originalité propre, à leur
indépendance absolue, elles renoncent sans peine et sans retour au pouvoir
corporel, et, durant l'éternité, savourent l'état divin où la dernière seconde de
la vie les a plongées, l'exemption de tous maux et de tous désirs, je ne dis pas
de tous amours, et la certitude de tenir un bien caché, éternellement durable.
Ainsi s'expliquerait la mort : ainsi se justifierait la vie, par la purgation du
désir... Mais c'est assez hypothétiser. Me pardonnez-vous cette débauche
métaphysique, ami lecteur ?